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“Rogad al Dueño de la mies…”
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Su madre conservaba todo en su corazón
Amar también es
volverse amable. El amor no obra con rudeza, no actúa de modo descortés, no es
duro en el trato. Sus modos, sus palabras, sus gestos, son agradables y no
ásperos ni rígidos. Detesta hacer sufrir a los demás. La cortesía es una
escuela de sensibilidad y desinterés, que exige a la persona cultivar su mente
y sus sentidos, aprender a sentir, hablar y, en ciertos momentos, a callar. Ser
amable no es un estilo que un cristiano puede elegir o rechazar. Como parte de
las exigencias irrenunciables del amor, todo ser humano está obligado a ser
afable con los que lo rodean.
Para disponerse
a un verdadero encuentro con el otro, se requiere una mirada amable. Esto no es
posible cuando reina un pesimismo que destaca defectos y errores ajenos, quizás
para compensar los propios complejos. Una mirada amable permite que no nos
detengamos tanto en los límites, y así podamos tolerar a la otra persona y
unirnos en un proyecto común, aunque seamos diferentes. El amor amable genera
vínculos, cultiva lazos, crea nuevas redes de integración, construye una trama
social firme. Así se protege a sí mismo, ya que sin sentido de pertenencia no
se puede sostener una entrega por los demás, cada uno termina buscando sólo su
conveniencia y la convivencia se torna imposible. El que ama es capaz de decir
palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan.
Veamos, por
ejemplo, algunas palabras que decía Jesús a las personas: «¡Ánimo hijo!»
(Mt 9,2).
«¡Qué grande es tu fe!» (Mt 15,28). «¡Levántate!» (Mc 5,41).
«Vete en paz» (Lc 7,50). «No tengáis miedo» (Mt 14,27). En la
familia hay que aprender este lenguaje amable de Jesús. (Cf, Amoris Laetitia 99 y 100)
ORACIÓN DESDE LA PALABRA DE DIOS
- Texto Bíblico: Lc 2, 41-52
Sus padres solían ir cada año a
Jerusalén por la fiesta de la Pascua. Cuando cumplió doce años, subieron a la
fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús
se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Estos, creyendo que
estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día y se pusieron a buscarlo
entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén
buscándolo. Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo,
sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos
los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.
Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: «Hijo, ¿por qué nos has
tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados». Él les contestó: «¿Por
qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?».
Pero ellos no comprendieron lo que les dijo.
Él bajó con ellos y
fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos. Su madre conservaba todo esto en su corazón.
Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante
los hombres”.
Pasos
para la lectio divina
1.
Lectura y comprensión del texto: Nos lleva a preguntarnos sobre el
conocimiento auténtico de su contenido ¿Qué dice el texto bíblico en sí? ¿Qué
dice la Palabra?
2.
Meditación: Sentido del texto hoy para mí ¿Qué me dice, qué nos dice hoy
el Señor a través de este texto bíblico? Dejo
que el texto ilumine mi vida, la vida de la comunidad o de mi familia, la vida
de la Iglesia en este momento.
3.
Oración: Orar el texto supone otra pregunta: ¿Qué le digo yo al Señor
como respuesta a su Palabra? El corazón se abre a la alabanza de Dios, a la
gratitud, implora y pide su ayuda, se abre a la conversión y al perdón, etc.
4.
Contemplación, compromiso: El corazón se centra en Dios. Con su misma
mirada contemplo y juzgo mi propia vida y la realidad y me pregunto: ¿Quién
eres, Señor? ¿Qué quieres que haga?
Comentario
El relato evangélico nos presenta a María y José
acompañando a Jesús en su paso a la adultez. La celebración del “BarMitzvá”
hebreo, a los 12 años, hace del joven israelita un sujeto de derechos y deberes
dentro de la sociedad. Cuando Jesús se convierte en adulto, él toma la primera
decisión de su vida: “se quedó en Jerusalén”. La Ciudad Santa tiene mucha
importancia porque es el lugar del cumplimiento de las profecías. Por lo tanto,
la cita de Jesús para llevar a su completa realización la salvación debe ser
allí. El camino de Jesús estará siempre orientado en esta dirección. El
evangelista hace una anticipación de lo que será el ministerio de Jesús en el
Templo de Jerusalén, el lugar que tenía en perspectiva en su largo viaje que
culminará en su pascua personal.
Las primeras palabras de Jesús en el Evangelio son
para llamar a Dios “Padre” suyo. Lo hace precisamente delante de José y María.
La actuación de Jesús en el Evangelio es la del Hijo de Dios. Viviendo su
relación con Dios de esa manera, Jesús se concentra en la realización de su
voluntad. Esta es la brújula que orienta su caminar, sus decisiones y hacia
donde apunta su destino. María le comparte su angustia a Jesús preguntándole
“¿Por qué nos has hecho esto?”. La respuesta es otro “por qué”: “Y ¿por qué me buscabais?” Jesús invita a sus padres a buscar la razón
de ser de su comportamiento en el querer de Dios. Pero mientras parece que para
Jesús todo es claro, no será así para sus padres, como tampoco lo será más adelante
para sus seguidores. Habrá que dejarse orientar por Él como Maestro hasta el
final para conseguir entenderlo. Los lectores del Evangelio quedamos sabiendo
desde el principio que Jesús no se acomoda siempre a nuestras expectativas, por
esto mismo sus orientaciones más de una vez nos harán violencia interna pues el
de Jesús no es un camino fácil.
Al final del evangelio nos encontramos con un
retrato lucano de María: “Su madre meditaba cuidadosamente todas las cosas en
su corazón”. La actitud de María ante la primera palabra desconcertante de su
Hijo, quien se ha comportado aquí como su Maestro, es la de la reflexión
paciente. Con esta actitud acompañó el momento de la encarnación, del
nacimiento y de la entrada de Jesús a la vida adulta y al ministerio. Así los
años ocultos de la vida de Jesús quedaron solamente escritos en el corazón
orante de María. Contemplando esta actitud suya podríamos decir: Jesús crecía y
su Madre también. María nos enseña a vivir un camino de crecimiento espiritual
por medio de la confrontación permanente entre los sucesos de la vida y la
Palabra, aguardando con paciencia y dejando que Dios conduzca las cosas según
su pedagogía. (Cf, P. Fidel Oñoro)
ORACIÓN
POR LAS VOCACIONES “AMOR DE DIOS”
Padre bueno, Jesús nos dijo: “La mies es mucha y los obreros pocos, rogad
al Dueño de la mies para que envíe obreros a sus campos”. Y además afirmó:
“Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederá”.
Confiados en esta palabra de Jesús y en tu bondad, te pedimos vocaciones para la Iglesia y para
la Familia “Amor de Dios”, que se entreguen a la construcción del Reino desde
la civilización del amor.
Santa María, Virgen Inmaculada, protege con tu maternal intercesión a las
familias y a las comunidades cristianas para que animen la vida de los niños y
ayuden a los jóvenes a responder con generosidad a la llamada de Jesús, para
manifestar el amor gratuito de Dios a los hombres. Amén.
"El
egoísmo es la muerte de la sociedad y de las familias" (J. Usera)



