El Mensaje de Cristo es siempre actual, entra en el corazón mismo de la historia y es capaz de dar respuesta a las inquietudes más profundas de cada hombre. Por esto la Iglesia, debe ser consciente que "los inmensos horizontes de la misión eclesial, la complejidad de la situación presente exigen hoy modos renovados para poder comunicar eficazmente la Palabra de Dios" (Verbum Domini, 97). Esto exige una renovada adhesión de fe personal y comunitaria al Evangelio de Jesucristo, "en un momento de cambio profundo como el que la humanidad está viviendo".
La preocupación de evangelizar no debe quedar nunca al margen de la actividad eclesial y de la vida personal del cristiano, sino caracterizarla fuertemente, en la conciencia de ser destinatarios y, al mismo tiempo, misioneros del Evangelio. El punto central del anuncio sigue siendo el mismo: el Kerigma del Cristo muerto y resucitado para la salvación del mundo, el Kerigma del amor de Dios absoluto y total para cada hombre y para cada mujer, culminado en el envío del Hijo eterno y unigénito, el Señor Jesús, el cual no desdeñó asumir la pobreza de nuestra naturaleza humana, amándola y rescatándola, por medio de la oferta de sí en la cruz, del pecado y de la muerte.
La fe en Dios, en este designio de amor realizado en Cristo, es ante todo un don y un misterio que hay que acoger en el corazón y en la vida y del que hay que dar gracias siempre al Señor. Pero la fe es un don que nos ha sido dado para que sea compartido; es un talento recibido para que dé fruto; es una luz que no debe quedar escondida, sino iluminar toda la casa. Es el don más importante que se nos ha hecho en nuestra existencia y que no podemos retener para nosotros mismos… ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!, decía Pablo. Esta palabra resuena con fuerza para cada cristiano y para cada comunidad cristiana en todos los continentes. (Benedictus PP. XVI Mensaje de Benedicto XVI para la Jornada Misionera Mundial 2012)
ORACIÓN DESDE LA PALABRA DE DIOS
- Texto Bíblico: I Cor 9. 16-18
“16El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio! 17 Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio. 18 Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio”.
-Pasos para la lectio divina
1. Lectura y comprensión del texto: Nos lleva a preguntarnos sobre el conocimiento auténtico de su contenido ¿Qué dice el texto bíblico en sí? ¿Qué dice la Palabra?
2. Meditación: Sentido del texto hoy para mí ¿Qué me dice, qué nos dice hoy el Señor a través de este texto bíblico? Dejo que el texto ilumine mi vida, la vida de la comunidad o de mi familia, la vida de la Iglesia en este momento.
3. Oración: Orar el texto supone otra pregunta: ¿Qué le digo yo al Señor como respuesta a su Palabra? El corazón se abre a la alabanza de Dios, a la gratitud, implora y pide su ayuda, se abre a la conversión y al perdón, etc.
4. Contemplación, compromiso: El corazón se centra en Dios. Con su misma mirada contemplo y juzgo mi propia vida y la realidad y me pregunto: ¿Quién eres, Señor? ¿Qué quieres que haga?
- Comentario
El texto se encuentra en la parte central del capítulo 9 de la Carta donde Pablo presenta las motivaciones profundas de su actividad apostólica. Pablo es Apóstol no por una elección personal, ni tampoco por una necesidad objetiva de los cristianos de Corinto, sino por un impulso interior, dado por el Señor. San Pablo vive tan profundamente el misterio de Cristo que no puede callarlo. Dedicarse a predicarlo es el único y mejor premio. Es el mejor servicio que puede prestar a la Causa del Maestro.
“Predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio”
Anunciar el Evangelio es algo constitutivo para Pablo. Desde que Cristo se le manifestó y se apoderó de él, se siente obligado, entregado, hipotecado al Señor por completo. Siente tan fuerte la llamada a anunciar el Evangelio, que no puede hacer otra cosa sino entregarse a la tarea con libertad total. El Apóstol usa la expresión «no tengo más remedio», para hablar de la plenitud de la libertad, que tiene el núcleo y el contenido más hondo en la necesidad de amar a Quien ha conocido como amor y a Quien corresponde entregar plenamente la propia vida y el propio amor. Es decir, a Dios. Pablo se dedica a anunciar la Buena Noticia no tanto por una elección deliberada, o para merecer un premio, sino porque siente muy fuerte en su corazón la llamada a anunciar a Jesucristo. No puede callarse. Le nace de dentro. Ha sido encontrado por Cristo a quien ha descubierto como el Único Tesoro y sabe que no puede guardarlo para sí mismo, sino que quiere comunicarlo gratuitamente a todos. Por eso afirma: “siendo libre, me hice esclavo de todos, para ganar al mayor número posible”.
«¡Ay de mí si no anuncio el evangelio!».
Pablo se reconoce como enviado por Cristo. Vuelve siempre al origen de su vocación: fue llamado. Por eso no se enorgullece de su misión. Ese ¡ay de mí si no anuncio el evangelio!, más que una obligación, es una pasión que lo empuja y lo supera. Para Pablo anunciar a Jesús se ha convertido en algo más que una tarea: es su vida, y no puede dejar de hacerlo. Más que un imperativo, es un amor arrebatador que lo posee.
Estas palabras de san Pablo son para todos. Anunciar el evangelio es un deber de todo cristiano. En el bautismo hemos sido hechos profetas para proclamar las obras del que nos llamó a salir de las tinieblas y a entrar en su luz maravillosa. Todo cristiano es un apóstol, un enviado, un mensajero de Cristo. Esta es la sublime misión que nos encarga el Señor.
ORACIÓN POR LAS VOCACIONES “AMOR DE DIOS”
Padre bueno, Jesús nos dijo: “La mies es mucha y los obreros pocos, rogad al Dueño de la mies para que envíe obreros a sus campos”. Y además afirmó: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederá”.
Confiados en esta palabra de Jesús y en tu bondad, te pedimos vocaciones para la Iglesia y para la Familia “Amor de Dios”, que se entreguen a la construcción del Reino desde la civilización del amor.
Santa María, Virgen Inmaculada, protege con tu maternal intercesión a las familias y a las comunidades cristianas para que animen la vida de los niños y ayuden a los jóvenes a responder con generosidad a la llamada de Jesús, para manifestar el amor gratuito de Dios a los hombres. Amén.
“Ningún otro fin me condujo a aquellos remotos países, que el contribuir con mis escasos conocimientos y buen celo al bienestar de sus sencillos habitantes, dándoles a conocer las ventajas de la civilización, cuando va acompañada de los consuelos de la gracia, y luminosos conocimientos que trae en pos de sí la religión del Crucificado”. (J. Usera)
