La santidad no consiste en realizar empresas extraordinarias, sino en unirse a Cristo, en vivir sus misterios, en hacer nuestras sus actitudes, sus pensamientos, sus comportamientos. La santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya. Es ser semejantes a Jesús, como afirma san Pablo: «Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo» (Rm 8, 29). El concilio Vaticano II habla de la llamada universal a la santidad, afirmando que nadie está excluido de ella: «En los diversos géneros de vida y ocupación, todos cultivan la misma santidad. En efecto, todos, por la acción del Espíritu de Dios, siguen a Cristo pobre, humilde y con la cruz a cuestas para merecer tener parte en su gloria» (L G, n. 41).
¿Cómo podemos recorrer el camino de la santidad? La respuesta es clara: una vida santa no es fruto principalmente de nuestro esfuerzo porque es Dios, quien nos hace santos; es la acción del Espíritu Santo la que nos anima desde nuestro interior; es la vida misma de Cristo resucitado la que se nos comunica y la que nos transforma. Para decirlo una vez más con el concilio Vaticano II: «Los seguidores de Cristo han sido llamados por Dios y justificados en el Señor Jesús, no por sus propios méritos, sino por su designio de gracia. El bautismo y la fe los ha hecho verdaderamente hijos de Dios, participan de la naturaleza divina y son, por tanto, realmente santos. Por eso deben, con la gracia de Dios, conservar y llevar a plenitud en su vida la santidad que recibieron» (L G, 40). La santidad tiene, por tanto, su raíz última en la gracia bautismal, en ser insertados en el Misterio pascual de Cristo, con el que se nos comunica su Espíritu, su vida de Resucitado.
¡Qué grande y bella, y también sencilla, es la vocación cristiana vista a esta luz! Todos estamos llamados a la santidad: es la medida misma de la vida cristiana. (Benedicto XVI. Audiencia 13 de abril de 2011)
ORACIÓN DESDE LA PALABRA DE DIOS
- Texto Bíblico Filipenses 2, 1-11
“1 Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, 2 dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. 3 No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. 4 No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. 5 Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. 6 El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; 7 al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, 8 se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte y una muerte de cruz. 9 Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo- nombre; 10 de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, 11 y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre”.
- Pasos para la lectio divina
1. Lectura y comprensión del texto: Nos lleva a preguntarnos sobre el conocimiento auténtico de su contenido ¿Qué dice el texto bíblico en sí? ¿Qué dice la Palabra?
2. Meditación: Sentido del texto hoy para mí ¿Qué me dice, qué nos dice hoy el Señor a través de este texto bíblico? Dejo que el texto ilumine mi vida, la vida de la comunidad o de mi familia, la vida de la Iglesia en este momento.
3. Oración: Orar el texto supone otra pregunta: ¿Qué le digo yo al Señor como respuesta a su Palabra? El corazón se abre a la alabanza de Dios, a la gratitud, implora y pide su ayuda, se abre a la conversión y al perdón, etc.
4. Contemplación, compromiso: El corazón se centra en Dios. Con su misma mirada contemplo y juzgo mi propia vida y la realidad y me pregunto: ¿Quién eres, Señor? ¿Qué quieres que haga?
- Comentario
El texto centra la atención en los "sentimientos" de Cristo, es decir, en su modo de pensar y actuar. Estos sentimientos se presentan en los versículos sucesivos: el amor, la humildad, la obediencia a Dios, el don de uno mismo. No se trata solo y únicamente de seguir el ejemplo de Jesús, sino de involucrar toda nuestra existencia en la manera de pensar, de actuar y amar de Cristo.
"se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte" (Fil. 2,8).
El Hijo de Dios se ha hecho hombre y ha realizado un camino de completa obediencia y fidelidad a la voluntad del Padre, hasta el sacrificio supremo de su vida… En la cruz de Cristo el hombre fue redimido y la experiencia de Adán se ha invertido: Adán, creado a imagen y semejanza de Dios, pretende ser como Dios con sus propias fuerzas, ponerse en el lugar de Dios, y así pierde la dignidad original que se le había dado. Jesús, al contrario, estaba "en la condición de Dios", pero se ha abajado, se ha sumergido en la condición humana, en la plena fidelidad al Padre, para redimir al Adán que está en nosotros, y restituir al hombre la dignidad perdida. La Encarnación y la Cruz nos recuerdan que la plena realización está en el conformar la propia voluntad humana con la del Padre, en el vaciarse del propio egoísmo, para llenarse del amor de Dios y así ser capaces de amar a los demás. El hombre no se encuentra a sí mismo permaneciendo encerrado en sí, sino saliendo de sí. Si salimos de nosotros mismos nos encontramos.
"Dios le exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre"
Aquel que se ha abajado profundamente, tomando la condición de esclavo, ha sido exaltado por encima de todas las cosas por el Padre, que le dio el nombre de Kyrios, "Señor," la suprema dignidad y el señorío. Frente a este nuevo nombre, por cierto, que es el mismo nombre de Dios en el Antiguo Testamento, "toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame que ‘Cristo Jesús es Señor’, para gloria de Dios Padre". El Jesús que se exalta es el de la Última Cena, que se quita el manto, se ciñe la cintura con una toalla, se inclina a lavar los pies a los apóstoles y les pregunta: "¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros". Es importante recordar esto: "el ascenso hasta Dios está en el descenso del servicio humilde, en el descenso del amor, que es la esencia de Dios y por lo tanto la fuerza verdaderamente purificadora, que hace al hombre capaz de percibir y de ver a Dios". (Cf Benedicto XVI, Audiencia General, 27 junio 2012)
ORACIÓN POR LAS VOCACIONES “AMOR DE DIOS”
Padre bueno, Jesús nos dijo: “La mies es mucha y los obreros pocos, rogad al Dueño de la mies para que envíe obreros a sus campos”. Y además afirmó: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederá”.
Confiados en esta palabra de Jesús y en tu bondad, te pedimos vocaciones para la Iglesia y para la Familia “Amor de Dios”, que se entreguen a la construcción del Reino desde la civilización del amor.
Santa María, Virgen Inmaculada, protege con tu maternal intercesión a las familias y a las comunidades cristianas para que animen la vida de los niños y ayuden a los jóvenes a responder con generosidad a la llamada de Jesús, para manifestar el amor gratuito de Dios a los hombres. Amén.
“Hacedlo todo por amor de Dios y para Dios, que es la forma más generosa y noble de amar” (J. Usera)