viernes, 30 de noviembre de 2012

Boletín nº 41: "EL TIEMPO DE ADVIENTO"


"ROGAD AL DUEÑO DE LA MIES..."

EL TIEMPO DE ADVIENTO

Dios nos da su tiempo. Sí, Dios nos da su tiempo, pues ha entrado en la historia con su palabra y con sus obras de salvación, para abrirla a lo eterno, para convertirla en historia de alianza. 

Desde esta perspectiva, el tiempo ya es en sí mismo un signo fundamental del amor de Dios. Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, para rescatar a los que estaban bajo la ley, y para que recibieran la filiación adoptiva. Dios ha visitado a su pueblo, ha cumplido las promesas hechas a Abraham y a su descendencia; lo ha hecho más allá de toda expectativa: Él ha enviado a su Hijo amado (Cf n  422). La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos. Ritos y sacrificios, figuras y símbolos de la "Primera Alianza", todo lo hace converger hacia Cristo. (Cf n 522)

La historia de la salvación se articula en tres grandes “momentos”: al inicio, la creación; en el centro, la encarnación-redención; y al final, la “parusía”, la venida final, que comprende también el juicio universal. Pero estos tres momentos no deben entenderse simplemente en sucesión cronológica. Ciertamente, la creación está en el origen, pero también es continua y se realiza a lo largo del devenir cósmico, hasta el final de los tiempos. Del mismo modo, la encarnación-redención, aunque tuvo lugar en un momento histórico determinado, extiende su radio de acción a todo el tiempo precedente y a todo el siguiente. A su vez, la última venida y el juicio final, influyen en la conducta de las personas de todas los tiempos. La Iglesia nos invita en el adviento a actualizar la espera del Mesías, a renovar el ardiente deseo de su segunda Venida y a celebrar la natividad (Cf n 524) con alegría desbordante y profundo agradecimiento.

Creemos y confesamos que Jesús de Nazaret, nacido en Belén en tiempo del rey Herodes… es el Hijo eterno de Dios hecho hombre,… porque la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad... De su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia (Cf n 423). (Los números citados se refieren al Catecismo de la Iglesia Católica)



ORACIÓN DESDE LA PALABRA DE DIOS


Texto Bíblico: - Texto Bíblico: Ap 1, 4-8 


4Juan a las siete Iglesias de Asia:  Gracia y paz a vosotros de parte del que es, el que era y ha de venir; de parte de los siete Espíritus que están ante el trono; 5y de parte de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra. Al que nos ama y nos ha librado de nuestros pecados con su sangre, 6y nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios, su Padre. A él, la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. 7Mirad: viene entre nubes. Todo ojo lo verá, también los que lo traspasaron. Por él se lamentarán todos los pueblos de la tierra. Sí, amén. 

8 Dice el Señor: “Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que ha de venir, el todopoderoso”. 


 - Pasos para la lectio divina

1. Lectura y comprensión del texto: Nos lleva a preguntarnos sobre el conocimiento auténtico de su contenido ¿Qué dice el texto bíblico en sí? ¿Qué dice la Palabra? 

2. Meditación: Sentido del texto hoy para mí ¿Qué me dice, qué nos dice hoy el Señor a través de este texto bíblico? Dejo que el texto ilumine mi vida, la vida de la comunidad o de mi familia, la vida de la Iglesia en este momento.

3. Oración: Orar el texto supone otra pregunta: ¿Qué le digo yo al Señor como respuesta a su Palabra? El corazón se abre a la alabanza de Dios, a la gratitud, implora y pide su ayuda, se abre a la conversión y al perdón, etc.

4. Contemplación, compromiso: El corazón se centra en Dios. Con su misma mirada contemplo y juzgo mi propia vida y la realidad y me pregunto: ¿Quién eres, Señor? ¿Qué quieres que haga?



-  Comentario                                                        

Gracia y paz a vosotros
El texto es un diálogo entre la asamblea y el lector, el cual le dirige un augurio de bendición: «Gracia y paz ». El lector subraya la procedencia de este augurio: deriva de la Trinidad: del Padre, del Espíritu Santo, de Jesucristo, unidos en la realización del proyecto creativo y salvífico para la humanidad. La asamblea escucha y, cuando oye que se nombra a Jesucristo, exulta de júbilo y eleva esta oración de alabanza: «Al que nos ama… A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén». 
La asamblea, impulsada por el amor de Cristo, se siente liberada del pecado y se proclama «reino» de Jesucristo, que pertenece totalmente a él. Reconoce la gran misión que le ha sido encomendada: llevar al mundo la presencia de Dios. Y concluye mirando de nuevo a Jesús y reconoce su «gloria y poder». La oración es ante todo escucha de Dios. Agobiados por tantas palabras, estamos poco acostumbrados a escuchar, sobre todo a ponernos en la actitud interior y exterior de silencio para estar atentos a lo que Dios quiere decirnos. Estos versículos nos enseñan, además, que la oración, con frecuencia sólo de petición, en cambio debe ser ante todo de alabanza a Dios por su amor, por el don de Jesucristo, que nos ha traído fuerza, esperanza y salvación.

Mirad: viene entre las nubes…. Todo ojo lo verá,
El lector recuerda a la asamblea, aferrada por el amor de Cristo, el compromiso de descubrir su presencia en la propia vida. Dice así: «Mirad: viene entre las nubes….». Después de subir al cielo Jesucristo volverá tal como subió. Entonces todos los pueblos lo reconocerán. Pensarán en sus propios pecados y le pedirán perdón, para seguirlo en la vida y preparar así la comunión plena con él en su regreso final. La asamblea responde: «Sí. Amén!». Expresa con su «sí» la aceptación plena de lo que se le ha comunicado y pide que eso se haga realidad. Es la oración de la asamblea, que medita en el amor de Dios manifestado de modo supremo en la cruz y pide vivir con coherencia como discípulos de Cristo. Y luego viene la respuesta de Dios: «Yo soy el Alfa y la Omega,…”. Dios acoge la petición de la asamblea. Él ha estado, está y estará presente y activo con su amor en las vicisitudes humanas. Aquí encontramos otro elemento importante: la oración constante despierta en nosotros el sentido de la presencia del Señor en nuestra vida y en la historia, y su presencia nos sostiene, nos guía y nos da una gran esperanza incluso en medio de la oscuridad; además, ninguna oración, ni siquiera la que se eleva en la soledad más radical, es aislarse; nunca es estéril; es la savia vital para alimentar una vida cristiana cada vez más comprometida y coherente. (cf  Benedicto XVI,  Audiencia general del 5 de septiembre de 2012)


ORACIÓN POR LAS VOCACIONES “AMOR DE DIOS”


Padre bueno, Jesús nos dijo: “La mies es mucha y los obreros pocos, rogad al Dueño de la mies para que envíe obreros a sus campos”. Y además afirmó: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederá”. 

Confiados en esta palabra de Jesús y en tu bondad, te pedimos vocaciones para la Iglesia y para la Familia “Amor de Dios”, que se entreguen a la construcción del Reino desde la civilización del amor.

Santa María, Virgen Inmaculada, protege con tu maternal intercesión a las familias y a las comunidades cristianas para que animen la vida de los niños y ayuden a los jóvenes a responder con generosidad a la llamada de Jesús, para manifestar el amor gratuito de Dios a los hombres. Amén.


Para comunicarnos su grandeza, Dios se humilla hasta nosotros, y se hace de impasible mortal; de eterno, temporal; y de Señor y de Rey que es, se convierte en esclavo y oprobio de la tierra”. (J. Usera)