martes, 1 de enero de 2013

Boletín nº 42: Año nuevo- Don de Dios

La Iglesia inicia el Año Nuevo recordando a la Madre de Dios. En la escuela de María, “dichosa por haber creído”, aprendemos a vivir, profundizar, celebrar y anunciar nuestra fe. La Encarnación es el suceso más grande de nuestra historia: el Verbo se ha hecho carne, y María, la sierva del Señor, es el canal privilegiado a través del cual Dios ha venido a habitar entre nosotros. María ha ofrecido la propia carne, convirtiéndose en «lugar» de su presencia, «lugar» en el que habita el Hijo de Dios. Cristo, según la Carta a los Hebreos, ha iniciado su vida terrena diciendo al Padre: «Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo… Entonces yo dije: He aquí que vengo para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad» (10, 5.7). María dice algo muy parecido al ángel: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». La voluntad de María coincide con la voluntad del Hijo en el único proyecto de amor del Padre. Dios se hace hombre, María se hace «casa viviente» del Señor, templo donde habita el Altísimo.
María nos abre la puerta de su casa, nos guía para entrar en la voluntad de su Hijo. Contemplando a María debemos preguntarnos si también nosotros queremos estar abiertos al Señor, si queremos ofrecer nuestra vida para que sea su morada; o si, por el contrario, tenemos miedo a que la presencia del Señor sea un límite para nuestra libertad, si queremos reservarnos una parte de nuestra vida, para que nos pertenezca sólo a nosotros. Pero es Dios precisamente quien libera nuestra libertad, la libera de su cerrarse en sí misma, de la sed de poder, de poseer, de dominar, y la hace capaz de abrirse a la dimensión que la realiza en sentido pleno: la del don de sí,  que se hace servicio y colaboración….
Dios pide la libre adhesión de María para hacerse hombre. Cierto, el «sí» de la Virgen es fruto de la gracia divina. Pero la gracia no elimina la libertad, al contrario, la crea y la sostiene. La fe no quita nada a la criatura humana, sino que permite su plena y definitiva realización. (Cf BENEDICTO XVI, Homilía en Loreto, 4 de octubre de 2012)



ORACIÓN DESDE LA PALABRA DE DIOS
- Texto Bíblico: Ef 1,3-6              

“3Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. 4 Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables  ante él por el amor. 5 Él nos ha destinado por medio de Jesucristo según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, 6 para alabanza de la gloria de su gracia que tan generosamente nos ha concedido en el Amado”.

- Pasos para la lectio divina
1. Lectura y comprensión del texto: Nos lleva a preguntarnos sobre el conocimiento auténtico de su contenido ¿Qué dice el texto bíblico en sí? ¿Qué dice la Palabra?
2. Meditación: Sentido del texto hoy para mí ¿Qué me dice, qué nos dice hoy el Señor a través de este texto bíblico? Dejo que el texto ilumine mi vida, la vida de la comunidad o de mi familia, la vida de la Iglesia en este momento.
3. Oración: Orar el texto supone otra pregunta: ¿Qué le digo yo al Señor como respuesta a su Palabra? El corazón se abre a la alabanza de Dios, a la gratitud, implora y pide su ayuda, se abre a la conversión y al perdón, etc.
4. Contemplación, compromiso: El corazón se centra en Dios. Con su misma mirada contemplo y juzgo mi propia vida y la realidad y me pregunto: ¿Quién eres, Señor? ¿Qué quieres que haga?

Tú, Madre del «sí», que has escuchado a Jesús, háblanos de él, nárranos tu camino para seguirlo por la vía de la fe, ayúdanos a anunciarlo para que cada hombre pueda acogerlo y llegar a ser morada de Dios. Amén

- Comentario
El texto es un himno de alabanza dirigida al Padre: “Bendito sea Dios”. Se nombra a Dios, no como el “Dios de Abraham, Isaac y Jacob”, nombre usado en el Antiguo Testamento, sino el "Padre de nuestro Señor Jesucristo". En Jesucristo podemos llamar Padre a Dios, en un sentido nuevo sin precedentes. El Apóstol resume a continuación el contenido del don con el que Dios nos ha agraciado: "nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales”. Es una bendición actuada por el Espíritu Santo. Así  en esta breve fórmula de nuestra salvación alude a las tres personas de la Santísima Trinidad: el Padre nos bendice, al darnos su Espíritu Santo, por medio de Cristo Jesús.

«Nos eligió en Cristo… para que fuésemos santos  ante él por el amor»
El Apóstol da gracias y alaba, pero reflexiona también sobre los motivos que nos impulsan a esta alabanza, a esta acción de gracias, presentando los elementos fundamentales del plan divino y sus etapas. Lo que nos hace santos e inmaculados es la caridad. Dios nos ha llamado a la existencia, a la santidad. Y esta elección es anterior incluso a la creación del mundo. Desde siempre estamos en su plan, en su pensamiento. Con el profeta Jeremías podemos afirmar también nosotros que antes de formarnos en el seno de nuestra madre él ya nos conocía; y conociéndonos nos amó. La vocación a la santidad, es decir, a la comunión con Dios, pertenece al plan eterno de este Dios, un plan que se extiende en la historia y comprende a todos los hombres y las mujeres del mundo, porque es una llamada universal. Dios no excluye a nadie; su proyecto es sólo de amor.

« Él nos ha destinado por medio de Jesucristo…, a ser sus hijos »
Dios nos eligió para ser sus hijos, para ser incorporados en su Hijo unigénito. Somos hijos de Dios no sólo porque Cristo, con su redención, nos ha hecho dignos de Dios; sino porque él mismo, el Hijo, nos incorpora a su persona y nos asume para ser, juntamente con Él, uno solo. El Apóstol subraya la gratuidad de este maravilloso designio de Dios sobre la humanidad. Dios nos elige no porque seamos buenos, sino porque él es bueno. La antigüedad tenía una palabra sobre la bondad: bonum est diffusivum sui; el bien se comunica; el hecho de comunicarse, de extenderse, forma parte de la esencia del bien. De este modo, porque Dios es la bondad, es comunicación de bondad, quiere comunicarse. Él crea porque quiere comunicarnos su bondad y hacernos buenos y santos. Todo esto es don de Dios. La gracia de Dios es el único fundamento de nuestra elección, de nuestra santidad y de nuestra filiación en Cristo.


ORACIÓN POR LAS VOCACIONES “AMOR DE DIOS”

Padre bueno, Jesús nos dijo: “La mies es mucha y los obreros pocos, rogad al Dueño de la mies para que envíe obreros a sus campos”. Y además afirmó: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederá”.
Confiados en esta palabra de Jesús y en tu bondad, te pedimos vocaciones para la Iglesia y para la Familia “Amor de Dios”, que se entreguen a la construcción del Reino desde la civilización del amor.
Santa María, Virgen Inmaculada, protege con tu maternal intercesión a las familias y a las comunidades cristianas para que animen la vida de los niños y ayuden a los jóvenes a responder con generosidad a la llamada de Jesús, para manifestar el amor gratuito de Dios a los hombres. Amén.



Noticias vocacionales  “Amor de Dios”
En enero comienzan el noviciado en Lubango (Angola), las jóvenes: Guillermina Rosario Rusane, Juliana Ricardo, Antonia P. da Conceição Muanavina, Alice Augusto Zita, Esperança  Rui Gumanhiua.



“La verdadera felicidad a que puede aspirar el hombre en esta vida se consigue con la práctica de la virtud”. (J. Usera)