"Rogad al Dueño de la mies..."
Siempre debemos tener el valor y la alegría
de proponer, con respeto, el encuentro con Cristo, de hacernos heraldos de su
Evangelio. Jesús ha venido entre nosotros para mostrarnos el camino de la
salvación, y nos ha confiado la misión de darlo a conocer a todos, hasta los
confines de la tierra. Con frecuencia vemos que son la violencia y la mentira,
las cosas que destacan y se proponen. Es urgente hacer que resplandezca en
nuestro tiempo la vida buena del Evangelio con el anuncio y el testimonio, y
esto desde el interior mismo de la Iglesia. Porque, en esta perspectiva, es
importante no olvidar un principio fundamental de todo evangelizador: no se
puede anunciar a Cristo sin la Iglesia.
Evangelizar nunca es un acto individual, sino
que es siempre eclesial. Pablo VI escribía que «cuando el más humilde
predicador, catequista o Pastor, en el lugar más apartado, predica el
Evangelio, reúne su pequeña comunidad o administra un sacramento, aun cuando se
encuentra solo, ejerce un acto de Iglesia». Éste no actúa «por una misión que
él se atribuye o por inspiración personal, sino en unión con la misión de la
Iglesia y en su nombre» (Evangelii
nuntiandi, 60). Y esto da fuerza a
la misión y hace sentir a cada misionero y evangelizador que nunca está solo,
que forma parte de un solo Cuerpo animado por el Espíritu Santo.
El hombre de nuestro tiempo necesita una luz
fuerte que ilumine su camino y que sólo el encuentro con Cristo puede darle. ¡Traigamos
a este mundo, a través de nuestro testimonio, con amor, la esperanza donada por
la fe! La naturaleza misionera de la Iglesia no es proselitista, sino
testimonio de vida que ilumina el camino, que trae esperanza y amor.
La Iglesia no es una organización
asistencial, una empresa, una ONG, sino que es una comunidad de personas,
animadas por la acción del Espíritu Santo, que han vivido y viven la maravilla
del encuentro con Jesucristo y desean compartir esta experiencia de profunda
alegría, compartir el mensaje de salvación que el Señor nos ha dado. Es el
Espíritu Santo quién guía a la Iglesia en este camino (Mensaje del Papa Francisco
para la Jornada del Domund 2013)
ORACIÓN
DESDE LA PALABRA DE DIOS
-
Texto Bíblico: Lc 10, 1-12
«1 Después de esto, designó el Señor a otros
setenta y dos, y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y
lugares adonde pensaba ir él. 2 Y les decía: “La mies es abundante y
los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su
mies. 3 ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio
de lobos. 4No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis
a nadie por el camino. 5Cuando entréis en una casa, decid primero:
‘Paz a esta casa’. 6Y si hay allí gente de paz, descansará sobre
ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. 7Quedaos en la misma
casa, comiendo y bebiendo lo que tengan; porque el obrero merece su salario. No
andéis cambiando de casa en casa. 8 Si entráis en una ciudad y os
reciben, comed de lo que os pongan, 9 curad a los enfermos que haya
en ella, y decidles: ‘El reino de Dios ha llegado a vosotros’. 10 Pero
si entráis en una ciudad y no os reciben, saliendo a sus plazas, decid: 11
‘Hasta el polvo de vuestra ciudad, que se nos ha pegado a los pies, nos
lo sacudimos sobre vosotros’. De todos modos, sabed que el reino de Dios ha
llegado».
-Pasos
para la lectio divina
1.
Lectura y comprensión del texto: Nos lleva a preguntarnos sobre el
conocimiento auténtico de su contenido ¿Qué dice el texto bíblico en sí? ¿Qué
dice la Palabra?
2.
Meditación: Sentido del texto hoy para mí ¿Qué me dice, qué nos dice hoy
el Señor a través de este texto bíblico? Dejo
que el texto ilumine mi vida, la vida de la comunidad o de mi familia, la vida
de la Iglesia en este momento.
3.
Oración: Orar el texto supone otra pregunta: ¿Qué le digo yo al Señor
como respuesta a su Palabra? El corazón se abre a la alabanza de Dios, a la
gratitud, implora y pide su ayuda, se abre a la conversión y al perdón, etc.
4.
Contemplación, compromiso: El corazón se centra en Dios. Con su misma
mirada contemplo y juzgo mi propia vida y la realidad y me pregunto: ¿Quién
eres, Señor? ¿Qué quieres que haga?
El texto presenta a Jesús enviando a setenta y dos
discípulos.
Aparecen también muy claras las características de la misión:
Jesús envía a lugares donde Él debe ir.
El discípulo es el altavoz de Jesús, no es dueño de la Buena Noticia. Los envía
“de dos en dos” para que se ayuden mutuamente y den testimonio de amor
fraterno. La misión es comunitaria. Les advierte que serán “como corderos en
medio de lobos”, es decir, deberán ser pacíficos y llevar siempre un mensaje de
paz. No llevarán ni alforja, ni dinero, para vivir de lo que la Providencia les
proporcione. Curarán a los enfermos, como signo de la misericordia de Dios. La difusión del Evangelio no está asegurada ni por el número de
personas, ni por el prestigio de la institución, ni por los recursos
disponibles. Lo que cuenta es estar imbuidos del amor de Cristo y dejarse
conducir por el Espíritu Santo.
"Rogad, pues, al dueño de
la mies…"
Los obreros para
la mies son "elegidos" y "mandados" por Dios. La Iglesia,
nos ha repetido Benedicto XVI, no es nuestra, sino de Dios; el campo a cultivar
es suyo. La misión es sobre todo gracia. El apóstol encontrará en la oración la
luz y la fuerza para su acción. En efecto, la misión pierde su fecundidad, e
incluso se apaga, en el mismo momento en que se interrumpe la conexión con la
fuente, con el Señor. La evangelización se hace de rodillas. Sin la relación
constante con Dios, la misión se convierte en función. El riesgo del activismo,
de confiar demasiado en las estructuras, está siempre al acecho. Si miramos a
Jesús, vemos que la víspera de cada decisión y acontecimiento importante, se
recogía en oración intensa y prolongada. Cultivemos la dimensión contemplativa,
incluso en la vorágine de los compromisos más urgentes y acuciantes. Cuanto más
nos llame la misión a ir a las periferias existenciales, más unidos hemos de
estar a Cristo. ¡Aquí reside el secreto de la fecundidad del discípulo del
Señor!
“El reino de Dios ha llegado”
La hospitalidad, el compartir, la comunión y la
acogida de los marginados eran las cuatro pilares que sostenían la vida
comunitaria del pueblo de Israel. Pero debido a la situación de la pobreza, de
la persecución o represión por parte de los romanos, estas columnas se habían
roto. Jesús quiere reconstruirlas y afirma que, si se viven estas cuatro exigencias,
los discípulos pueden anunciar: ¡El Reino de Dios ha llegado! Anunciar el Reino no es enseñar verdades
o doctrinas, sino un nuevo modo de vivir y convivir, de pensar y obrar,
partiendo de la Buena Nueva: Dios es Padre y nosotros hermanos los unos de los
otros.
ORACIÓN
POR LAS VOCACIONES “AMOR DE DIOS”
Padre bueno, Jesús nos dijo: “La mies es mucha y los obreros pocos, rogad al Dueño de la mies para que envíe obreros a sus campos”. Y además afirmó: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederá”.
Confiados
en esta palabra de Jesús y en tu bondad, te pedimos vocaciones para la Iglesia y
para la Familia “Amor de Dios”, que se entreguen a la construcción del Reino
desde la civilización del amor.
Santa
María, Virgen Inmaculada, protege con tu maternal intercesión a las familias y
a las comunidades cristianas para que animen la vida de los niños y ayuden a
los jóvenes a responder con generosidad a la llamada de Jesús, para manifestar
el amor gratuito de Dios a los hombres. Amén.
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