viernes, 1 de noviembre de 2013

Boletín nº 52. Santidad: Caridad vivida.


"Rogad al Dueño de la mies..."

SANTIDAD: CARIDAD VIVIDA.


El concilio Vaticano II (Cfr. LG 42) dice que la santidad es la caridad plenamente vivida. «“Dios es amor y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4, 16). Dios derramó su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado. Por tanto, el don principal y más necesario es el amor con el que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo a causa de él. Ahora bien, para que el amor pueda crecer y dar fruto en el alma como una semilla buena, cada cristiano debe escuchar de buena gana la Palabra de Dios y cumplir su voluntad con la ayuda de su gracia, participar frecuentemente en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía y dedicarse constantemente a la oración, a la renuncia de sí mismo, a servir a los hermanos y a la práctica de las virtudes… El amor a Dios y al prójimo es el sello del verdadero discípulo de Cristo». Por esta razón san Agustín afirmó: «Ama y haz lo que quieras»,  «Si callas, calla por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; que esté en ti la raíz del amor, porque de esta raíz no puede salir nada que no sea el bien».  Quien vive plenamente la caridad, es guiado por Dios, porque Dios es amor.

La Iglesia nos invita a recordar a multitud de santos, es decir, a quienes han sabido amar y seguir a Cristo en su vida cotidiana. Los santos nos dicen que todos podemos recorrer este camino. En todas las épocas de la historia de la Iglesia, en todas las latitudes de la geografía del mundo, hay santos de todas las edades y de todos los estados de vida; son rostros concretos de todo pueblo, lengua y nación.

Os invito a abriros a la acción del Espíritu Santo, que transforma nuestra vida, para ser también nosotros como teselas del gran mosaico de santidad que Dios va creando en la historia, a fin de que el rostro de Cristo brille en la plenitud de su esplendor. No tengamos miedo de tender hacia las alturas de Dios; no tengamos miedo de que Dios nos pida demasiado; dejémonos guiar en todas las acciones cotidianas por su Palabra, aunque nos sintamos pobres, inadecuados, pecadores: será él quien nos transforme según su amor. (Benedicto XVI. Audiencia 13 de abril de 2011)



ORACIÓN DESDE LA PALABRA DE DIOS


- Texto Bíblico: Hbr 12, 1-4

1En consecuencia: teniendo una nube tan ingente de testigos, corramos con constancia, en la carrera, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, 2  fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. 3Recordad al que soportó la oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo. 4 Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado”.


-Pasos para la lectio divina

1 Lectura y comprensión del texto: Nos lleva a preguntarnos sobre el conocimiento auténtico de su contenido ¿Qué dice el texto bíblico en sí? ¿Qué dice la Palabra?

2. Meditación: Sentido del texto hoy para mí ¿Qué me dice, qué nos dice hoy el Señor a través de este texto bíblico? Dejo que el texto ilumine mi vida, la vida de la comunidad o de mi familia, la vida de la Iglesia en este momento.

3. Oración: Orar el texto supone otra pregunta: ¿Qué le digo yo al Señor como respuesta a su Palabra? El corazón se abre a la alabanza de Dios, a la gratitud, implora y pide su ayuda, se abre a la conversión y al perdón, etc.

4. Contemplación, compromiso: El corazón se centra en Dios. Con su misma mirada contemplo y juzgo mi propia vida y la realidad y me pregunto: ¿Quién eres, Señor? ¿Qué quieres que haga?



-COMENTARIO

La carta a los Hebreos se dirige a una comunidad cansada y vacilante en la fe. Ha desaparecido el primer entusiasmo, se dejan sentir las dificultades internas y externas y el camino de la cruz se presenta como una carga pesada. El texto es una apremiante exhortación a la constancia, a perseverar en el combate de la fe. El autor utiliza la imagen clásica de la carrera en el estadio que requiere despojarse de lo que dificulta la agilidad. En este caso, del pecado, que es el obstáculo fundamental. Para mantenerse fiel, el autor propone un doble motivo: por un lado, la nube de testigos y por otro, y el más importante, Jesús.

“Teniendo una nube tan ingente de testigos”
Esta "nube de testigos" o campeones en la fe son los antepasados del Pueblo de Dios que vivieron en fidelidad y a quienes el autor imagina presentes y vivos. Podemos aplicar esto también a todos los cristianos que, a lo largo de la historia de la Iglesia, han querido vivir el evangelio. Los innumerables santos, conocidos y desconocidos, que se enamoraron del Señor y le siguieron hasta la entrega de la vida. Todos ellos están en torno a nosotros. Son una multitud innumerable que nos sostiene con su aliento y nos estimula con su ejemplo. ¡Vivimos con lo invisible! Con aquellos que vivieron su fe antes que nosotros en condiciones, a menudo, parecidas a las nuestras. Ellos, los santos, han terminado su carrera, nos miran y nos alientan. Su primer consejo es «sacudid el lastre», despojaos de todo lo pesado e inútil. El pecado es un peso, una traba... que nos impide correr. Dejar el pecado es ser más libre, es tomar el vuelo ágil y alegremente.

“Fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús”
El primer Testigo de la fe es Cristo. Él es quien «inicia» y «completa» nuestra fe. La mirada contemplativa a Jesucristo y a su camino hacia Dios nos conduce a la fe. Nosotros tenemos la mirada fija en Jesús, porque la fe, que es nuestro “si” a la relación filial con Dios, viene de Él; viene de Jesús: es Él el único mediador de esta relación entre nosotros y nuestro Padre que está en el cielo. Jesús es el Hijo, y nosotros somos hijos en Él.  Fijar los ojos en Jesús es contemplar al Crucificado en su humillación y en su capacidad de «renunciar al gozo inmediato», por amor a nosotros y al Padre.


El Crucificado es el culmen del amor.

Los cristianos estamos llamados a solidarizarnos con Jesucristo y a correr su misma suerte. Por eso seguimos con la mirada fija en Jesús, sabiendo que por él la victoria está asegurada. No es un simple progreso en la perfección moral, sino una transformación mucho más honda. Esto solamente puede obtenerlo la muerte de Jesús. Con Jesús se lanza el creyente al más formidable proceso de liberación que haya existido: llevar a todos y a todo hasta la plenitud


ORACIÓN POR LAS VOCACIONES “AMOR DE DIOS”


Padre bueno, Jesús nos dijo: “La mies es mucha y los obreros pocos, rogad al Dueño de la mies para que envíe obreros a sus campos”. Y además afirmó: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederá”.
Confiados en esta palabra de Jesús y en tu bondad, te pedimos vocaciones para la Iglesia y para la Familia “Amor de Dios”, que se entreguen a la construcción del Reino desde la civilización del amor.

Santa María, Virgen Inmaculada, protege con tu maternal intercesión a las familias y a las comunidades cristianas para que animen la vida de los niños y ayuden a los jóvenes a responder con generosidad a la llamada de Jesús, para manifestar el amor gratuito de Dios a los hombres. Amén.



“Señor, he consagrado a Ti mi entusiasmo, toda mi hacienda y mi vida con tal de poder realizar la obra de tu amor."  (J. Usera)