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La fe de la Iglesia
El acto de fe es un acto
eminentemente personal que acontece en lo más profundo y que marca un cambio de
dirección, una conversión personal: es mi existencia la que da un vuelco, la
que recibe una orientación nueva. Pero este creer mío no es el resultado de una
reflexión solitaria propia, sino que es fruto de una relación, de un diálogo,
en el que hay un escuchar y un responder; comunicar con Jesús es lo que me hace
salir de mi «yo» encerrado en mí mismo para abrirme al amor de Dios Padre. Es
como un renacimiento en el que me descubro unido no sólo a Jesús, sino también
a cuantos han caminado y caminan por la misma senda; y este nuevo nacimiento,
que empieza con el bautismo, continúa durante todo el recorrido de la
existencia. No puedo construir mi fe personal en un diálogo privado con Jesús,
porque la fe me es donada por Dios a través de una comunidad creyente que es la Iglesia y me introduce
así, en la multitud de los creyentes, en una comunión que no es sólo
sociológica, sino enraizada en el eterno amor de Dios que en Sí mismo es
comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Nuestra fe es verdaderamente
personal sólo si es también comunitaria: puede ser mi fe sólo si se vive y se
mueve en el «nosotros» de la
Iglesia , sólo si es nuestra fe, la fe común de la única
Iglesia. Es en la comunidad eclesial donde la fe personal crece y madura.
Necesitamos la Iglesia para tener
confirmación de nuestra fe y para experimentar los dones de Dios: su Palabra,
los sacramentos, el apoyo de la gracia y el testimonio del amor. Así nuestro
«yo» en el «nosotros» de la
Iglesia podrá percibirse, a un tiempo, destinatario y
protagonista de un acontecimiento que le supera: la experiencia de la comunión
con Dios, que funda la comunión entre los hombres. En un mundo en el que el
individualismo parece regular las relaciones entre las personas, haciéndolas
cada vez más frágiles, la fe nos llama a ser Pueblo de Dios, a ser Iglesia,
portadores del amor y de la comunión de Dios para todo el género humano. (BENEDICTO XVI, Audiencia
del 31 de octubre de 2012)
ORACIÓN DESDE LA PALABRA DE DIOS
- Texto
Bíblico: Jn 1,35-39
“35Al día
siguiente, estaba Juan con dos de sus discípulos y.36 fijándose en
Jesús que pasaba, dice: “Este es el Cordero de Dios”. 37Los dos
discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. 38 Jesús se
volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: “¿Qué buscáis?”. Ellos le
contestaron: “Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives? 39 Él les
dijo: “Venid y veréis”. Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con
él aquel día; era como la hora décima.
40Andrés,
hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a
Jesús; 41encuentra primero a
su hermano Simón y le dice: “Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo”.
42 Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de
Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro)”.
- Pasos para la lectio divina
1. Lectura
y comprensión del texto: Nos lleva a preguntarnos sobre el conocimiento
auténtico de su contenido ¿Qué dice el texto bíblico en sí? ¿Qué dice la Palabra ?
2. Meditación:
Sentido del texto hoy para mí ¿Qué me dice, qué nos dice hoy el Señor a través
de este texto bíblico? Dejo que el texto ilumine mi vida, la vida
de la comunidad o de mi familia, la vida de la Iglesia en este momento.
3. Oración:
Orar el texto supone otra pregunta: ¿Qué le digo yo al Señor como respuesta a
su Palabra? El corazón se abre a la alabanza de Dios, a la gratitud, implora y
pide su ayuda, se abre a la conversión y al perdón, etc.
4.
Contemplación, compromiso: El corazón se centra en Dios. Con su misma mirada
contemplo y juzgo mi propia vida y la realidad y me pregunto: ¿Quién eres,
Señor? ¿Qué quieres que haga?
-
Comentario
-
«Hemos encontrado al Mesías»
Los elementos esenciales del
proceso de evangelización aparecen muy elocuentemente en el relato de san Juan
sobre la llamada de los dos discípulos del Bautista, que se convierten en
discípulos de Cristo. Encontramos en primer lugar el mero acto del anuncio.
Juan el Bautista señala a Jesús y dice: «Este es el Cordero de Dios». Poco más
adelante, el evangelista narra un hecho similar. Esta vez es Andrés, que dice a
su hermano Simón: «Hemos encontrado al Mesías». El primero y fundamental
elemento es el simple anuncio, el kerigma, que toma su fuerza de la
convicción interior del que anuncia. En el relato de los dos discípulos sigue
después la escucha, el ir tras los pasos de Jesús, un seguirle que no es
todavía seguimiento, sino más bien una santa curiosidad, un movimiento de búsqueda.
En efecto, ambos son personas en búsqueda, personas que, más allá de lo
cotidiano, viven en espera de Dios, en espera porque Él está y, por tanto, se
mostrará. Su búsqueda, iluminada por el anuncio, se hace concreta. Quieren
conocer mejor a Aquél que el Bautista ha llamado Cordero de Dios. El tercer
acto comienza cuando Jesús mira atrás hacia ellos y les pregunta: « ¿Qué
buscáis?». La respuesta de ambos es de nuevo una pregunta, que manifiesta la
apertura de su espera, la disponibilidad a dar nuevos pasos. Preguntan:
«Maestro, ¿dónde vives?». La respuesta de Jesús: «Venid y veréis», es una
invitación a acompañarlo y, caminando con Él, a llegar a ver.
La palabra del anuncio es
eficaz allí donde en la persona existe la disponibilidad dócil para la cercanía
de Dios; donde la persona está interiormente en búsqueda y por ende en camino
hacia el Señor. Entonces, la atención de Jesús le llega al corazón y, después,
el encuentro con el anuncio suscita la santa curiosidad de conocer a Jesús más
de cerca. Este caminar con Él conduce al lugar en el que vive Jesús, en la Iglesia , que es su Cuerpo.
Significa entrar en la comunión itinerante de los catecúmenos, que es una
comunión de profundización y de vida, en la que el caminar con Jesús nos
convierte en personas que ven.
«Venid
y veréis».
Esta palabra que Jesús dirige
a los dos discípulos en búsqueda, la dirige también a los hombres de hoy que
están en búsqueda. Pedimos al Señor que la Iglesia , a pesar de sus pobrezas, sea reconocida
cada vez más como su morada. Le rogamos para que, en el camino hacía su casa,
nos haga día a día más capaces de ver, de modo que podamos decir mejor, más y
más convincentemente: Hemos encontrado a Aquél, al que todo el mundo espera,
Jesucristo, verdadero Hijo de Dios y verdadero hombre. (Benedicto XVI, Viernes 21 de diciembre de 2012)
ORACIÓN POR LAS
VOCACIONES “AMOR DE DIOS”
Padre bueno, Jesús nos
dijo: “La mies es mucha y los obreros pocos, rogad al Dueño de la mies para que
envíe obreros a sus campos”. Y además afirmó: “Todo lo que pidáis al Padre en
mi nombre, os lo concederá”.
Confiados en esta
palabra de Jesús y en tu bondad, te pedimos vocaciones para la Iglesia y para la Familia “Amor de Dios”,
que se entreguen a la construcción del Reino desde la civilización del amor.
Santa María, Virgen
Inmaculada, protege con tu maternal intercesión a las familias y a las
comunidades cristianas para que animen la vida de los niños y ayuden a los
jóvenes a responder con generosidad a la llamada de Jesús, para manifestar el
amor gratuito de Dios a los hombres. Amén.
“La fe tiene
su principal asiento en la cabeza, a la que convence, y en el corazón cuyos
sentimientos dirige”.
(J. Usera)