miércoles, 1 de mayo de 2013

BOLETÍN nº 46: "La audacia del Espíritu"


"Rogad al Dueño de la mies…”


La tarde del día de su resurrección, Jesús, apareciéndose a los discípulos, “sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”.  El Espíritu Santo se posó sobre los apóstoles con mayor fuerza aún el día de pentecostés: “De repente un ruido del cielo –se lee en los Hechos de los Apóstoles-, como el de un viento recio resonó en toda la casa donde se encontraban



. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno” (2,2-3).
El Espíritu Santo renovó interiormente a los Apóstoles, revistiéndolos de una fuerza que los hizo audaces para anunciar sin miedo:” ¡Cristo ha muerto y ha resucitado!”. Libres de todo temor  comenzaron a hablar con franqueza. De pescadores atemorizados se convirtieron en heraldos valientes del Evangelio. Tampoco sus enemigos lograron entender cómo hombres “sin instrucción ni cultura” eran capaces de demostrar tanto valor y de soportar las contrariedades, los sufrimientos y las persecuciones con alegría. Nada podía detenerlos. A los que intentaban reducirlos al silencio respondían: “Nosotros no podemos dejar de contar lo que hemos visto y oído”. Así nació la Iglesia, que desde el día de Pentecostés no ha dejado de extender la Buena Noticia “hasta los confines de la tierra”.
Pero para comprender la misión de la Iglesia hemos de regresar al Cenáculo donde los discípulos permanecían juntos, rezando con María, a la espera del Espíritu prometido. Toda comunidad cristiana tiene que inspirarse constantemente en este icono de la Iglesia naciente. La fecundidad apostólica y misionera no es el resultado principalmente de programas y métodos pastorales sabiamente elaborados y “eficientes”, sino el fruto de la oración comunitaria incesante. La eficacia de la misión presupone, además, que las comunidades estén unidas, que tengan “un solo corazón y una sola alma”, y que estén dispuestas a dar testimonio del amor y la alegría que el Espíritu Santo infunde en los corazones de los creyentes.


ORACIÓN DESDE LA PALABRA DE DIOS

- Texto Bíblico: Jn 14, 15-26

 “15 Si me amáis, guardareis  mis mandamientos. 16 Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, 17 el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. 18 No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. 19 Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis porque yo sigo viviendo. 20 Entonces sabréis que yo estoy en el Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. 21El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama.; y el que me ama será amado por  mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él…. 25 Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero 26 el Paráclito, el Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho”.

-Pasos para la lectio divina
1. Lectura y comprensión del texto: Nos lleva a preguntarnos sobre el conocimiento auténtico de su contenido ¿Qué dice el texto bíblico en sí? ¿Qué dice la Palabra?

2. Meditación: Sentido del texto hoy para mí ¿Qué me dice, qué nos dice hoy el Señor a través de este texto bíblico? Dejo que el texto ilumine mi vida, la vida de la comunidad o de mi familia, la vida de la Iglesia en este momento.

3. Oración: Orar el texto supone otra pregunta: ¿Qué le digo yo al Señor como respuesta a su Palabra? El corazón se abre a la alabanza de Dios, a la gratitud, implora y pide su ayuda, se abre a la conversión y al perdón, etc.

4. Contemplación, compromiso: El corazón se centra en Dios. Con su misma mirada contemplo y juzgo mi propia vida y la realidad y me pregunto: ¿Quién eres, Señor? ¿Qué quieres que haga?




- Comentario 

“Pediré al Padre que os dé otro Paráclito…”
Jesús promete a sus discípulos enviar «otro Paráclito...», el Espíritu. Quiere decirles que su paso al Padre no significa vacío ni ausencia. Su presencia está asegurada aún después de su marcha: "No os dejaré huérfanos".
La función del Espíritu Santo en la etapa presente de la Historia no es hacer las veces de Cristo, ni llevar a término su obra. Él no es el sucesor de Cristo, sino el encargado de asegurar la presencia permanente de Cristo en su Iglesia y de que su obra de salvación vaya siendo interiorizada y asimilada por sus seguidores. Gracias al Espíritu, Jesús se hace presente de una forma nueva y más profunda. La comunidad cristiana es la comunidad de Jesús y del Padre por la presencia del Espíritu. En ella puede realizarse “la verdad” como un encuentro con Jesús y con el Padre.
El «Espíritu de la verdad está en vosotros»: no se trata sólo de la posesión personal del Espíritu, sino del «acontecer», de la presencia del Espíritu en la comunidad. Él fundamenta y realiza la comunión. La presencia del "Paráclito" en la Iglesia le da seguridad para llevar adelante la misión que el Resucitado le ha confiado. La Iglesia sabe que depende enteramente de Él.

“Os lo enseñe todo y os vaya recordando todo”  
Jesús habla del Espíritu como Defensor, como Maestro: «os lo enseñe todo», y como Memoria: «os vaya recordando todo».
El Espíritu es el maestro de la comunidad cristiana: le va revelando la profundidad de Dios y la conecta con Cristo y con su obra salvadora. El Catecismo de la Iglesia Católica dedica unos números sabrosos (1091-1112) al papel del Espíritu en nuestra vida de fe. Lo llama «pedagogo» de nuestra fe, porque él es quien nos prepara para el encuentro con Cristo y con el Padre, el que suscita nuestra fe y nuestro amor. “Porque si el Espíritu no toca el corazón de los que escuchan, la palabra de los que enseñan sería vana. Si no fuera por el Maestro interior, el maestro exterior se cansaría en vano hablando… La palabra del predicador es inútil si no es capaz de encender el fuego del amor en los corazones. El Espíritu Santo es el gran artífice de estas transformaciones”.  (San Gregorio Magno Homilía 30, 1-10)

Además el Espíritu es quien «va recordando todo». Él despierta la memoria de la Iglesia. El concepto de memoria en el cuarto evangelio es muy importante. Hacer memoria, según el Espíritu, no es recordar el pasado, sino actualizarlo, hacerlo realidad viva hoy. Es un recuerdo creativo. No es una repetición literal de lo que Jesús dijo, sino el proceso de aplicar a nuestra vida y a nuestra historia, lo que Él es y hace y, del alcance de su vida y su mensaje hoy.


ORACIÓN POR LAS VOCACIONES “AMOR DE DIOS”

Padre bueno, Jesús nos dijo: “La mies es mucha y los obreros pocos, rogad al Dueño de la mies para que envíe obreros a sus campos”. Y además afirmó: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederá”.
Confiados en esta palabra de Jesús y en tu bondad, te pedimos vocaciones para la Iglesia y para la Familia “Amor de Dios”, que se entreguen a la construcción del Reino desde la civilización del amor.
Santa María, Virgen Inmaculada, protege con tu maternal intercesión a las familias y a las comunidades cristianas para que animen la vida de los niños y ayuden a los jóvenes a responder con generosidad a la llamada de Jesús, para manifestar el amor gratuito de Dios a los hombres. Amén.




“La Verdad, como el sol, no es patrimonio exclusivo de nadie, sino que pertenece a todos, y para todos produce luz y vida”.      (J. Usera)