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"Rogad al Dueño de la mies..."
BÚSQUEDA DE DIOS
En el Antiguo Testamento está muy presente el tema de la «búsqueda del rostro de Dios», el deseo de conocer este rostro, el deseo de ver a Dios como es. Buscar el rostro de Dios significa que Dios tiene un rostro, que es un «Tú» con quien puedo entrar en relación, que no está cerrado en su Cielo mirando desde allí a la humanidad. Dios está sobre todas las cosas, pero se dirige a nosotros, nos escucha, nos ve, habla, estipula alianza, es capaz de amar. La historia de la salvación es la historia de esta relación con Dios que se revela progresivamente al hombre, que se da conocer a sí mismo, su rostro. Con la Encarnación, la búsqueda del rostro de Dios recibe un viraje inimaginable, porque este rostro ahora se puede ver: es el rostro de Jesús, del Hijo de Dios que se hace hombre. En Él vemos y encontramos al Padre. En Él podemos invocar a Dios con el nombre de «Abbà, Padre».
El deseo de ver el rostro de Dios es innato en la persona. Y nosotros tenemos, tal vez
inconscientemente, este deseo de ver sencillamente quién es Él, quién es para
nosotros. Pero este deseo se realiza siguiendo a Cristo. Toda nuestra
existencia debe estar orientada hacia el encuentro con Jesucristo, al amor
hacia Él; y, en ella, debe tener también un lugar central el amor al prójimo,
ese amor que, a la luz del Crucificado, nos hace reconocer el rostro de Jesús
en el pobre, en el débil, en el que sufre. Esto sólo es posible si el rostro
auténtico de Jesús ha llegado a ser familiar para nosotros en la escucha de su
Palabra, en el entrar en la Palabra de tal manera que realmente lo encontremos,
y, naturalmente, en el Misterio de la Eucaristía. En el Evangelio de san Lucas
es significativo el pasaje de los dos discípulos de Emaús, que reconocen a
Jesús al partir el pan, pero preparados por el camino hecho con Él, por la
invitación que le hicieron de permanecer con ellos, por el diálogo que hizo
arder su corazón; así, al final, ven a Jesús. También para nosotros la
Eucaristía es la gran escuela en la que aprendemos a ver el rostro de Dios,
entramos en relación íntima con Él; y aprendemos a dirigir la mirada hacia el
momento final de la historia, cuando Él nos saciará con la luz de su rostro. (BENEDICTO XVI, 16 de enero de 2013)
ORACIÓN
DESDE LA PALABRA DE DIOS
- Texto Bíblico: Ex 3. 1-7,10.12
1«Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró. Llevó el
rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, la montaña de Dios. 2El
ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se
fijó: la zarza ardía sin consumirse. 3Moisés se dijo: “Voy a
acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver porque no se quema la
zarza”. 4Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó
desde la zarza: Moisés, Moisés”. Respondió él: “Aquí estoy”. 5Dijo
Dios: “No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que
pisas es terreno sagrado» 6 Y añadió: “Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”. Moisés se tapó la cara porque temía
ver a
Dios. 7 El Señor le dijo: “He visto la opresión de mi
pueblo en Egipto... 10Y ahora marcha,
te envío, al faraón para que saques a mi pueblo, a los hijos de Israel” 11Moisés
replicó a Dios: “¿Quién soy yo para acudir al Faraón o para sacar a
los hijos de Israel de Egipto? 12 Respondió Dios: “Yo estoy contigo; y esta es la señal de que yo te envío: cuando saques al
pueblo de Egipto, daréis culto a Dios en esta montaña”.»
- Pasos para la lectio divina
1.
Lectura y comprensión del texto: Nos lleva a preguntarnos sobre el
conocimiento auténtico de su contenido ¿Qué dice el texto bíblico en sí? ¿Qué
dice la Palabra?
2.
Meditación: Sentido del texto hoy para mí ¿Qué me dice, qué nos dice hoy
el Señor a través de este texto bíblico? Dejo
que el texto ilumine mi vida, la vida de la comunidad o de mi familia, la vida
de la Iglesia en este momento.
3.
Oración: Orar el texto supone otra pregunta: ¿Qué le digo yo al Señor
como respuesta a su Palabra? El corazón se abre a la alabanza de Dios, a la
gratitud, implora y pide su ayuda, se abre a la conversión y al perdón, etc.
4.
Contemplación, compromiso: El corazón se centra en Dios. Con su misma mirada
contemplo y juzgo mi propia vida y la realidad y me pregunto: ¿Quién eres,
Señor? ¿Qué quieres que haga?
- Comentario:
En el
desierto Moisés se encuentra con Dios: Dios irrumpe en su vida, entra en
diálogo con él y se le revela. En la vocación de Moisés, la visita de Dios es
repentina e imprevista. Dios responde al
grito de los israelitas y llama a Moisés para enviarlo a liberar al
pueblo de la esclavitud. Moisés es la respuesta concreta de Dios a los gemidos
de su pueblo oprimido.
Interpelado por Dios, Moisés responde prontamente:
“Heme aquí”. La palabra de Dios que llama, exige prontitud para acoger la
invitación y generosidad para ponerse a disposición de la misión para la que
uno es llamado.
Para hablar de Dios se usan tres elementos: el
ángel, el fuego que arde sin consumirse y el Señor. El elemento más
significativo es el fuego. Se trata de una teofanía. El fuego es
inaccesible. Dios habita en él y no tolera la maldad que será consumida en su
fuego devorador. Cuando Dios se revela en el Sinaí, la montaña está ardiendo;
el pueblo no puede acercarse a Dios y, si se acerca indebidamente, será pasto
del fuego. Como en la vocación de los profetas, Moisés experimenta la llamada
de Dios y, al mismo tiempo, el peso de su santidad. Es importante notar la
tensión entre las frases: "Aquí estoy" y "No te acerques".
El signo de quitarse las sandalias pone de relieve que la persona llamada por
Dios debe vaciarse de sus seguridades y ponerse humildemente a la disposición
de la santidad absoluta de Dios.
“He visto la
opresión de mi pueblo…, marcha, te envío”
El Dios que se revela a Moisés tiene un claro
proyecto: liberar a Israel de la opresión de Egipto. Para esta misión llama a
Moisés: “marcha,
te envío para que saques de Egipto a mi pueblo”. Moisés pone a Dios muchos
reparos: su propia incapacidad, el no conocer el nombre de Dios, la
incredulidad de sus hermanos que no creerán que Dios lo envía, ¡y hasta protesta
porque es tartamudo! A las objeciones de Moisés, sigue la promesa divina: “Yo estoy contigo”.
Este
«estar contigo», es garantía de éxito y de fortaleza. «Yo estoy contigo» es la
frase más escueta que se pueda imaginar. En el texto se afirma: estoy, en vez de soy. El Dios omnipotente y sabio no hace valer un soy, sino un estoy contigo. No se puede decir más con menos. Moisés puede asumir
la misión porque sabe que Dios es quien va a liberar al pueblo, y lo va a hacer
estando con él, actuando con él
en la historia. Yo voy a bajar y liberar
estando contigo. El éxito de la misión no depende de las capacidades
humanas del enviado, sino de la acción de Dios. Dios vence las dudas y
resistencias de Moisés, le manifiesta su nombre y le da un signo, como garantía.
ORACIÓN
POR LAS VOCACIONES “AMOR DE DIOS”
Padre bueno,
Jesús nos dijo: “La mies es mucha y los obreros pocos, rogad al Dueño de la
mies para que envíe obreros a sus campos”. Y además afirmó: “Todo lo que pidáis
al Padre en mi nombre, os lo concederá”.
Santa María,
Virgen Inmaculada, protege con tu maternal intercesión a las familias y a las
comunidades cristianas para que animen la vida de los niños y ayuden a los
jóvenes a responder con generosidad a la llamada de Jesús, para manifestar el
amor gratuito de Dios a los hombres. Amén.
“La religión es una necesidad
para el hombre: éste lleva a Dios en el fondo de su corazón”. (J. Usera)
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