"ROGAD AL DUEÑO DE LA MIES..."
AÑO NUEVO: DON DE DIOS
La Jornada Mundial de la Paz, iniciada por el Papa Pablo VI, se celebra
el primer día de cada año. El Papa Francisco ha elegido "la
fraternidad" como tema para Jornada Mundial de la Paz del año 2014.
Reitera su llamada a superar la "cultura del descarte" y promover la
"cultura del encuentro" para avanzar en la consecución de un mundo
más justo y pacífico.
La fraternidad es una dote que todo hombre y mujer lleva consigo en
cuanto ser humano, hijo de un mismo Padre. Frente a los múltiples dramas que
afectan a los pueblos -pobreza, hambre, subdesarrollo, conflictos bélicos,
migraciones, contaminación, desigualdad, injusticia, crimen organizado,
fundamentalismos-, la fraternidad es fundamento y camino para la paz.
La cultura del bienestar lleva a la pérdida del sentido de la
responsabilidad y de la relación fraterna. Los demás, en lugar de ser nuestros
‘semejantes’, se convierten en antagonistas o enemigos, y frecuentemente son
cosificados. No es extraño que los pobres sean considerados un ‘lastre’, un
impedimento para el desarrollo. A lo sumo, son objeto de una ayuda asistencialista
o compasiva. No son vistos como hermanos, llamados a compartir los dones de la
creación, los bienes del progreso y de la cultura, a participar en la misma
mesa de la vida en plenitud, a ser protagonistas del desarrollo integral e
inclusivo.
Por ello, la fraternidad, don y tarea que viene de Dios Padre, nos
convoca a ser solidarios contra la desigualdad y la pobreza que debilitan la
vida social, a atender a cada persona, en especial de los más pequeños e
indefensos, a amarlos como a uno mismo, con el mismo corazón de Jesucristo. En un mundo cada vez más interdependiente, no puede faltar el bien de la
fraternidad, que vence la difusión de la globalización de la indiferencia.
Dicha globalización debe ser sustituida por la globalización de la fraternidad. El Papa Francisco propone a todos el camino de la fraternidad para dar
un rostro más humano al mundo.
ORACIÓN DESDE
LA PALABRA DE DIOS
-
Texto Bíblico: Mt 23, 8-12
« 8 «Vosotros,
en cambio, no os dejéis llamar rabbí, porque uno solo es vuestro maestro y
todos vosotros sois hermanos.9 Y no llaméis Padre vuestro a nadie en
la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. 10 No os
dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías. 11
El primero entre vosotros será vuestro servidor. 12 El que se
ensalce, será humillado; y el que se humilla, será enaltecido».
-
Pasos para la lectio divina
1. Lectura
y comprensión del texto: Nos lleva a preguntarnos sobre el conocimiento
auténtico de su contenido ¿Qué dice el texto bíblico en sí? ¿Qué dice la Palabra ?
2. Meditación:
Sentido del texto hoy para mí ¿Qué me dice, qué nos dice hoy el Señor a través
de este texto bíblico? Dejo que el texto ilumine mi vida, la vida
de la comunidad o de mi familia, la vida de la Iglesia en este momento.
3. Oración:
Orar el texto supone otra pregunta: ¿Qué le digo yo al Señor como respuesta a
su Palabra? El corazón se abre a la alabanza de Dios, a la gratitud, implora y
pide su ayuda, se abre a la conversión y al perdón, etc.
4.
Contemplación, compromiso: El corazón se centra en Dios. Con su misma mirada
contemplo y juzgo mi propia vida y la realidad y me pregunto: ¿Quién eres,
Señor? ¿Qué quieres que haga?
- Comentario
En este
pasaje se intercala en el discurso -una advertencia especial a los discípulos.
Ellos también forman parte de los oyentes (23,1). Los tres términos: “rabbí”,
“padre” y “maestro”, nos hablan de la organización de la primera comunidad
cristiana. En el ambiente judío los discípulos de Jesús tenían que evitar todo
lo que podía confundirles con los judíos piadosos. Estos se hacían llamar rabbí
y a los piadosos maestros se les llama «padre». Los discípulos de Jesús renunciarán
a estos títulos. Jesús les ofrece otros criterios.
“Uno solo es vuestro maestro”
Dios es
“Nuestro Padre”, ninguno puede interponerse a Él. Los discípulos no abrigan la
ambición porque han entendido rectamente su relación con Dios y con Cristo: Ningún
hombre puede llevar el título de padre, porque sólo hay un Padre, el del cielo.
En la comunidad, no puede usarse el título de maestro, porque solamente hay un incomparable
maestro: Jesucristo. Juan que bautizaba, cuando vio pasar al verdadero Maestro,
envió sus discípulos a Él, y no los retuvo consigo. Jesús también era llamado rabbí. Sin embargo,
nunca aparece en el Evangelio llamándose a sí mismo o exigiendo que se le llame
así. Sólo una vez aparece refiriéndose a este título. Precisamente cuando lava
los pies a sus discípulos antes de la última cena, para explicarles el sentido
de lo que acaba de hacer: “Me llamáis Maestro y Señor y decís bien porque lo
soy. Pues si yo, Señor y Maestro, os he lavado los pies, también vosotros
debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo, para que vosotros
hagáis lo mismo”.
“Todos
vosotros sois hermanos. El
mayor entre vosotros será vuestro servidor”
La
confesión de Dios como Padre y la aceptación de Jesús como único Maestro funda
unas relaciones nuevas en la comunidad caracterizadas por la fraternidad y el
servicio mutuo. Esta comunidad tiene como ideal “el servicio” vivido por el
Hijo del Hombre. Su gesto es referencial para cada cristiano. La comunidad de
Jesús es la delineada en las “Bienaventuranzas”. Una comunidad de hermanos
capaz de acoger a Dios que viene a salvar gratuitamente. Todos dan lo que
reciben. Nadie tiene nada por sí mismo. Las palabras de Jesús son un reclamo a
la identidad cristiana y a la novedad que están llamados a testimoniar. Entre
los discípulos el mayor es el que se hace menor. Domina el que sirve y es
grande ante Dios el que se vuelve pequeño ante los hombres. Es más: todas las
funciones comunitarias son asumidas como un servicio: “El mayor entre vosotros será vuestro servidor!”
La
comunidad de Jesús debe mantener, legitimar y alimentar no las diferencias,
sino la fraternidad. Esta es la ley básica: ¡“sois hermanos!” La fraternidad nace de la
experiencia de que Dios es Padre, y que hace de todos hermanos y hermanas.
ORACIÓN POR LAS
VOCACIONES “AMOR DE DIOS”
Padre bueno, Jesús nos
dijo:”La mies es mucha y los obreros pocos, rogad al Dueño de la mies para que
envíe obreros a sus campos”. Y además afirmó: “Todo lo que pidáis al Padre en
mi nombre, os lo concederá”.
Confiados en esta
palabra de Jesús y en tu bondad, te pedimos vocaciones para la Iglesia y para la Familia “Amor de Dios”,
que se entreguen a la construcción del Reino desde la civilización del amor.
Santa María, Virgen
Inmaculada, protege con tu maternal intercesión a las familias y a las
comunidades cristianas para que animen la vida de los niños y ayuden a los
jóvenes a responder con generosidad a la llamada de Jesús, para manifestar el
amor gratuito de Dios a los hombres. Amén.
«Para
que los hombres y pueblos sean felices y dichosos, no basta que el interés
material ponga en contacto a los unos con los otros; es necesario además que la
benevolencia y el verdadero afecto,
estreche sus corazones». (J. Usera)