domingo, 1 de marzo de 2015

VOCACIONES: LA BELLEZA DE DEJARNOS RECONCILIAR (Boletín 68)



ROGAD AL DUEÑO DE LA MIES por VOCACIONES






«Fortalezcan sus corazones» (St 5,8)

La Cuaresma es un tiempo de renovación para la Iglesia, para las comunidades y para cada creyente. Pero sobre todo es un «tiempo de gracia» (2 Co 6,2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: «Nosotros amemos a Dios porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Él no es indiferente a nosotros. Está interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos.

Cada uno de nosotros le interesa; su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede. Pero ocurre que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos.
Cuando el pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente. Uno de los desafíos más urgentes sobre los que quiero detenerme en este Mensaje es el de la globalización de la indiferencia.
La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan. (Del mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2015)


ORACIÓN DESDE LA PALABRA DE DIOS

- Texto Bíblico: II Corintios 5,20-6,2

 Hermanos: Nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no había pecado Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios. Secundando su obra, os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios, porque él dice: "En tiempo favorable te escuché, en día de salvación vine en tu ayuda"; pues mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación.



Pasos para la lectio divina

1. Lectura y comprensión del texto: Nos lleva a preguntarnos sobre el conocimiento auténtico de su contenido ¿Qué dice el texto bíblico en sí? ¿Qué dice la Palabra?.

2. Meditación: Sentido del texto hoy para mí ¿Qué me dice, qué nos dice hoy el Señor a través de este texto bíblico?. Dejo que el texto ilumine mi vida, la vida de la comunidad o de mi familia, la vida de la Iglesia en este momento.

3. Oración: Orar el texto supone otra pregunta: ¿Qué le digo yo al Señor como respuesta a su Palabra?. El corazón se abre a la alabanza de Dios, a la gratitud, implora y pide su ayuda, se abre a la conversión y al perdón, etc.


4. Contemplación, compromiso: El corazón se centra en Dios. Con su misma mirada contemplo y juzgo mi propia vida y la realidad y me pregunto: ¿Quién eres, Señor? ¿Qué quieres que haga?.


-Comentario

El servicio de la reconciliación ha sido confiado a la Iglesia. Pablo describe este servicio con palabras solemnes. Los apóstoles son mensajeros por encargo de Cristo, más aún, en lugar de Cristo. Cristo es quien llama en la palabra del apóstol. Y como Dios estaba y está en Cristo, en última instancia lo que aparece en la palabra del apóstol es la palabra de Dios. A través del servicio del apóstol actúa el dedo salvífico de Dios. El mensaje de la palabra de Cristo, así prolongada en el mundo y en el tiempo, es: reconciliaos con Dios.;">Y esto es válido, sin ninguna duda, no sólo respecto de los apóstoles de entonces y de su palabra, sino del ministerio apostólico que sigue existiendo en la Iglesia. Una vez más, el Evangelio de la acción salvífica de Cristo. Explica por qué es hoy posible la reconciliación entre Dios y el mundo, y por qué nosotros, los pecadores, podemos aparecer ahora justificados ante Dios. Cristo fue juzgado inocente, pero fue hecho pecado por nosotros, y, por tanto, en la cruz recayó el pecado sobre él. Por eso estamos nosotros justificados ante Dios. «Cristo nos ha rescatado de la maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros, pues está escrito: Maldito el que está colgado de un madero» (Ga 3,13 y Dt 21,23). Se lleva a cabo un trueque maravilloso: el pecado de los hombres se hizo pecado, y la justificación de éste se hizo justificación de los pecadores. Esto fue posible porque uno de nuestra misma raza era al mismo tiempo hermano nuestro e Hijo de Dios.
Pablo pone fin a sus palabras sobre la obra salvífica de Dios con una exhortación. Exhorta como apóstol, llamado a colaborar  en la obra de la reconciliación. Dios ofrece la gracia de la reconciliación, el don de la salvación y de la paz. Que nadie la reciba en vano. Se puede recibir la gracia de Dios y también por supuesto, aceptarla, al menos exteriormente. Pero esto pudiera no servir de nada. El don de Dios puede permanecer estéril. Esta grave afirmación previene contra toda presuntuosa seguridad demasiado precipitada. Se amonesta a los cristianos a examinarse a sí mismos para ver si su talante cristiano es auténtico y su conducta fructífera.
Y si alguno tuviera que confesarse a sí mismo que todo había sido en vano, este tal debe aceptar el Evangelio otra vez, desde el principio. La exhortación se apoya en una sentencia del profeta Isaías: «En tiempo favorable te escuché y en día de salvación te presté ayuda» (Is 49,8). Isaías habla de un tiempo, todavía lejano para él, en el que vendrá el Mesías prometido. En las palabras del profeta percibe Pablo la advertencia de que Dios da a los hombres un tiempo de gracia, que ya no retorna. Ahora es el tiempo favorable del que habla el profeta.


ORACIÓN POR LAS VOCACIONES “AMOR DE DIOS”

Padre bueno, Jesús nos dijo: “La mies es mucha y los obreros pocos, rogad al Dueño de la mies para que envíe obreros a sus campos”. Y además afirmó: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederá”.
Confiados en esta palabra de Jesús y en tu bondad, te pedimos vocaciones para la Iglesia y para la Familia “Amor de Dios”, que se entreguen a la construcción del Reino desde la civilización del amor.
Santa María, Virgen Inmaculada, protege con tu maternal intercesión a las familias y a las comunidades cristianas para que animen la vida de los niños y ayuden a los jóvenes a responder con generosidad a la llamada de Jesús, para manifestar el amor gratuito de Dios a los hombres. Amén.

"El porvenir del mundo está reservado a la ley santa de Cristo. Ley de amor." (J. Usera)