ROGAD AL DUEÑO DE LA MIES por VOCACIONES
«Fortalezcan sus corazones» (St 5,8)
La Cuaresma es un tiempo de renovación para la Iglesia, para las
comunidades y para cada creyente. Pero sobre todo es un «tiempo de gracia» (2
Co 6,2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: «Nosotros amemos a
Dios porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Él no es indiferente a nosotros.
Está interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos
cuida y nos busca cuando lo dejamos.

Cada uno de nosotros le interesa; su amor le impide
ser indiferente a lo que nos sucede. Pero ocurre que cuando estamos bien y nos
sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace
jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias
que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy
relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta
actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta
tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata
de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos.
Cuando el pueblo de Dios se convierte a su amor,
encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea
continuamente. Uno de los desafíos más urgentes sobre los que quiero detenerme
en este Mensaje es el de la globalización de la indiferencia.
La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una
tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada
Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan. (Del mensaje del Papa Francisco para la
Cuaresma 2015)
ORACIÓN
DESDE LA PALABRA DE DIOS
-
Texto Bíblico: II Corintios 5,20-6,2
Hermanos: Nosotros actuamos como enviados de
Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio. En nombre de
Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no había pecado Dios lo
hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a él, recibamos la
justificación de Dios. Secundando su obra, os exhortamos a no echar en saco
roto la gracia de Dios, porque él dice: "En tiempo favorable te escuché,
en día de salvación vine en tu ayuda"; pues mirad, ahora es tiempo
favorable, ahora es día de salvación.
Pasos
para la lectio divina
1.
Lectura y comprensión del texto: Nos lleva a preguntarnos sobre el
conocimiento auténtico de su contenido ¿Qué dice el texto bíblico en sí? ¿Qué
dice la Palabra?.
2.
Meditación: Sentido del texto hoy para mí ¿Qué me dice, qué nos dice hoy
el Señor a través de este texto bíblico?. Dejo
que el texto ilumine mi vida, la vida de la comunidad o de mi familia, la vida
de la Iglesia en este momento.
3.
Oración: Orar el texto supone otra pregunta: ¿Qué le digo yo al Señor
como respuesta a su Palabra?. El corazón se abre a la alabanza de Dios, a la gratitud,
implora y pide su ayuda, se abre a la conversión y al perdón, etc.
4.
Contemplación, compromiso: El corazón se centra en Dios. Con su misma
mirada contemplo y juzgo mi propia vida y la realidad y me pregunto: ¿Quién
eres, Señor? ¿Qué quieres que haga?.
-Comentario
El servicio de la reconciliación ha
sido confiado a la Iglesia. Pablo describe este servicio con palabras solemnes.
Los apóstoles son mensajeros por encargo de Cristo, más aún, en lugar de
Cristo.
Cristo es quien llama en la palabra
del apóstol. Y como Dios estaba y está en Cristo, en última instancia lo que
aparece en la palabra del apóstol es la palabra de Dios. A través del servicio del apóstol actúa el dedo
salvífico de Dios. El mensaje de la palabra de Cristo, así prolongada en el
mundo y en el tiempo, es: reconciliaos con Dios.;">Y
esto es válido, sin ninguna duda, no sólo respecto de los apóstoles de entonces
y de su palabra, sino del ministerio apostólico que sigue existiendo en la
Iglesia. Una vez más, el
Evangelio de la acción salvífica de Cristo. Explica por qué es hoy posible la
reconciliación entre Dios y el mundo, y por qué nosotros, los pecadores,
podemos aparecer ahora justificados ante Dios. Cristo fue juzgado inocente,
pero fue hecho pecado por nosotros, y, por tanto, en la cruz recayó el pecado
sobre él. Por eso estamos nosotros justificados ante Dios. «Cristo nos
ha rescatado de la maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por
nosotros, pues está escrito: Maldito el que está colgado de un madero» (Ga 3,13
y Dt 21,23). Se lleva a cabo un trueque
maravilloso: el pecado de los hombres se hizo pecado, y la justificación de
éste se hizo justificación de los pecadores. Esto fue posible porque uno de
nuestra misma raza era al mismo tiempo hermano nuestro e Hijo de Dios.
Pablo pone fin a sus palabras sobre la obra salvífica de
Dios con una exhortación. Exhorta como apóstol,
llamado a colaborar en la obra de la
reconciliación. Dios ofrece la gracia de la reconciliación, el don de la
salvación y de la paz. Que nadie la reciba en vano. Se puede recibir la gracia
de Dios y también por supuesto, aceptarla, al menos exteriormente. Pero esto
pudiera no servir de nada. El don de Dios puede permanecer estéril. Esta
grave afirmación previene contra toda presuntuosa seguridad demasiado
precipitada. Se amonesta a los cristianos a
examinarse a sí mismos para ver si su talante cristiano es auténtico y su
conducta fructífera.
Y si alguno tuviera que confesarse a sí mismo que
todo había sido en vano, este tal debe aceptar el Evangelio otra vez, desde el
principio.
La exhortación se apoya en una sentencia del profeta Isaías:
«En tiempo favorable te escuché y en día de salvación te presté ayuda» (Is
49,8). Isaías habla de un tiempo, todavía lejano
para él, en el que vendrá el Mesías prometido. En las palabras del profeta
percibe Pablo la advertencia de que Dios da a los hombres un tiempo de gracia,
que ya no retorna. Ahora es el tiempo favorable del que habla el profeta.

