«Todos quedaron llenos del Espíritu Santo»
(Hech 2,4).
Hablando a los Apóstoles en la Última Cena, Jesús les dijo que, luego de su partida de este mundo, les enviaría el don del Padre, o sea el Espíritu Santo (cfr Jn 15,26). Esta promesa se realiza con potencia en el día de Pentecostés,
Aquella efusión, si bien extraordinaria, no
permaneció única y limitada a aquel momento, sino que es un evento que se ha
renovado y se renueva todavía. Cristo glorificado a la derecha del Padre
continúa realizando su promesa, enviando sobre la Iglesia el Espíritu
vivificante, que nos enseña, nos recuerda, nos hace hablar.
El Espíritu Santo nos enseña, es el Maestro
interior. Nos guía por el camino justo, a través de las situaciones de la vida.
Él nos enseña el camino.
El Espíritu Santo nos recuerda todo aquello que Jesús ha dicho. Es la
memoria viviente de la Iglesia. Y mientras nos hace recordar, nos hace entender
las palabras del Señor…
El Espíritu Santo nos enseña, nos recuerda,
y nos hace hablar, con Dios y con los
hombres. Nos hace hablar con Dios en la oración. La oración es un don que
recibimos gratuitamente; es diálogo con Él en el Espíritu Santo, que ora en
nosotros y nos permite dirigirnos a Dios llamándolo Padre, Papá, Abba (cfr Rm
8,15; Gal 4,4). Y el Espíritu nos hace hablar con los hombres en el diálogo
fraterno, comprendiendo las angustias y las esperanzas, las tristezas y las
alegrías de los demás.
Pero el Espíritu Santo nos hace también
hablar a los hombres en la profecía. Penetrados
por el Espíritu de amor, podemos ser signos e instrumentos de Dios que ama, que
sirve, que dona la vida.
El día de Pentecostés, cuando los discípulos
«quedaron llenos de Espíritu Santo», fue el bautismo de la Iglesia, que nació
“en salida”, en “partida” para anunciar a todos la Buena Noticia. Jesús fue
perentorio con los Apóstoles: no debían alejarse de Jerusalén antes de haber
recibido desde lo alto la fuerza del Espíritu Santo (cfr. Hech 1,4.8). Sin Él no existe la misión, no
hay evangelización. Por esto con toda la Iglesia invocamos: ¡Ven, Santo
Espíritu!
(De la Homilía Papa Francisco, Misa de Pentecostés,
basílica vaticana, domingo 8 junio 2014)
ORACIÓN
DESDE LA PALABRA DE DIOS
-
Texto Bíblico: Jn
16,12-15
Mucho tengo todavía que
deciros, pero ahora no podéis con ello.
Cuando venga él, el
Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por
su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir.
El me dará gloria,
porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros.
Todo
lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo
anunciará a vosotros.
Pasos
para la lectio divina
1.
Lectura y comprensión del texto: Nos lleva a preguntarnos sobre el
conocimiento auténtico de su contenido ¿Qué dice el texto bíblico en sí? ¿Qué
dice la Palabra?.
2.
Meditación: Sentido del texto hoy para mí ¿Qué me dice, qué nos dice hoy
el Señor a través de este texto bíblico?. Dejo
que el texto ilumine mi vida, la vida de la comunidad o de mi familia, la vida
de la Iglesia en este momento.
3.
Oración: Orar el texto supone otra pregunta: ¿Qué le digo yo al Señor
como respuesta a su Palabra?. El corazón se abre a la alabanza de Dios, a la
gratitud, implora y pide su ayuda, se abre a la conversión y al perdón, etc.
4.
Contemplación, compromiso: El corazón se centra en Dios. Con su misma
mirada contemplo y juzgo mi propia vida y la realidad y me pregunto: ¿Quién
eres, Señor? ¿Qué quieres que haga?.
- COMENTARIO
Padre bueno,
Jesús nos dijo: “La mies es mucha y los obreros pocos, rogad al Dueño de la
mies para que envíe obreros a sus campos”. Y además afirmó: “Todo lo que pidáis
al Padre en mi nombre, os lo concederá”.
El
evangelista Juan recuerda con ternura esas largas conversaciones con Jesús al
despedirse de los discípulos. Estaban cerca los días de su Muerte y
Resurrección. Algunos ubican este diálogo en la Ultima Cena. El va
a dejar a Alguien “que les ayude y consuele. Alguien que les va a enseñar
toda la Verdad, recibirá de lo Mío y os lo dará a conocer”.
Es
la promesa del Espíritu Santo que les enviará. Se trata de su propio
espíritu, que conducirá al mundo y a la Iglesia a la plenitud de lo que ha sido
el proyecto de Dios, su Plan de Salvación. Él no estará como lo ha estado
hasta ahora, más aún, les dice que “conviene que Yo me vaya… para que Él venga”
y esté con vosotros para apoyaros en la Misión. Nosotros vivimos actualmente en
los tiempos del Espíritu.
Jesús
les dice: “he concluido la obra encomendada, es bueno que así sea, porque os
dejaré mi Espíritu que no os dejará huérfanos, estará con vosotros guiándoos
para continuar con la Misión en el mundo que el Padre me confió. Yo os he
elegido para que vayáis y deis fruto…”
Los
Padres de la Iglesia, antes de Santo Tomás, decían que en el mundo hay una
Providencia de Dios y le llamaban “la creación continuada”. Existe un
continuum entre la acción del Padre al crear: “… el Espíritu de Dios se movía
sobre la faz de las aguas” (Génesis 1), y lo que ocurre ahora. Existe una
continuidad de presencia de Dios a lo largo de la historia, hasta nuestros
días. Antes y ahora el Espíritu de Dios “se mueve”, está presente en el mundo y
entre los hombres. El mundo vive y progresa por una “creación continuada”,
que es la obra del Espíritu.
Existe
una sola historia de la humanidad, guiada por el Espíritu de Dios, a través de
los siglos. No son dos historias, la de Dios y la de los hombres. Es una
sola. Ciertamente se desenvuelven entrelazadamente, más aun las podemos
analizar separadamente: esta es la obra de los hombres y esta es la de Dios
mediante su Espíritu. No son dos historias, es una sola donde
coexisten “las obras del Espíritu y las obras de la carne”. El trigo y la
cizaña, el bien y el mal.
La
obra del Espíritu es conducir a la humanidad y al mundo a la plenitud del
Plan de Dios. San Pablo dirá “que hemos recibido no el Espíritu del
mundo, sino el que proviene de Dios y qué los que viven por El serán
constructores de humanidad: amor, alegría, paz, paciencia, generosidad,
fidelidad y unión entre los hermanos (Cfr. Gal 5).
¿Qué
decir de todo esto? Hay una sola historia, y es el Señor, por su
Espíritu, quien la guía.
ORACIÓN
POR LAS VOCACIONES “AMOR DE DIOS”
Padre bueno,
Jesús nos dijo: “La mies es mucha y los obreros pocos, rogad al Dueño de la
mies para que envíe obreros a sus campos”. Y además afirmó: “Todo lo que pidáis
al Padre en mi nombre, os lo concederá”.
Confiados en esta
palabra de Jesús y en tu bondad, te pedimos vocaciones para la Iglesia y para
la Familia “Amor de Dios”, que se entreguen a la construcción del Reino desde
la civilización del amor.
Santa María, Virgen
Inmaculada, protege con tu maternal intercesión a las familias y a las
comunidades cristianas para que animen la vida de los niños y ayuden a los
jóvenes a responder con generosidad a la llamada de Jesús, para manifestar el
amor gratuito de Dios a los hombres. Amén.
"La
Madre de Dios es también la madre tierna y cariñosa de todos los hombres." (J. Usera)
