domingo, 2 de agosto de 2015

“Pedid… Buscad… Llamad…”

Reflexionaremos sobre la respuesta de Dios ante nuestras necesidades. Pedid... buscad... llamad... y veremos que somos nosotros los que nos escondemos de Él.

El Papa Francisco nos dice en los números 13 y 14 de la encíclica Laudato si´:

13. El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pueden cambiar. El Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado. La humanidad aún posee la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común. Deseo reconocer, alentar y dar las gracias a todos los que, en los más variados sectores de la actividad humana, están trabajando para garantizar la protección de la casa que compartimos. Merecen una gratitud especial quienes luchan con vigor para resolver las consecuencias dramáticas de la degradación ambiental en las vidas de los más pobres del mundo. Los jóvenes nos reclaman un cambio. Ellos se preguntan cómo es posible que se pretenda construir un futuro mejor sin pensar en la crisis del ambiente y en los sufrimientos de los excluidos.

14. Hago una invitación urgente a un nuevo diálogo sobre el modo como estamos construyendo el futuro del planeta. Necesitamos una conversación que nos una a todos, porque el desafío ambiental que vivimos, y sus raíces humanas, nos interesan y nos impactan a todos. El movimiento ecológico mundial ya ha recorrido un largo y rico camino, y ha generado numerosas agrupaciones ciudadanas que ayudaron a la concientización. Lamentablemente, muchos esfuerzos para buscar soluciones concretas a la crisis ambiental suelen ser frustrados no sólo por el rechazo de los poderosos, sino también por la falta de interés de los demás. Las actitudes que obstruyen los caminos de solución, aun entre los creyentes, van de la negación del problema a la indiferencia, la resignación cómoda o la confianza ciega en las soluciones técnicas. Necesitamos una solidaridad universal nueva. Como dijeron los Obispos de Sudáfrica, «se necesitan los talentos y la implicación de todos para reparar el daño causado por el abuso humano a la creación de Dios. Todos podemos colaborar como instrumentos de Dios para el cuidado de la creación, cada uno desde su cultura, su experiencia, sus iniciativas y sus capacidades.


ORACIÓN DESDE LA PALABRA DE DIOS

-       Texto Bíblico: Lc 11, 9-13

Yo os digo: “Pedid  y se os dará; buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide pan le dará una piedra; si le pide un pez le dará una culebra; o, si le pide un huevo, le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!”


-       Pasos para la lectio divina
1. Lectura y comprensión del texto: Nos lleva a preguntarnos sobre el conocimiento auténtico de su contenido ¿Qué dice el texto bíblico en sí? ¿Qué dice la Palabra?
2. Meditación: Sentido del texto hoy para mí ¿Qué me dice, qué nos dice hoy el Señor a través de este texto bíblico? Dejo que el texto ilumine mi vida, la vida de la comunidad o de mi familia, la vida de la Iglesia en este momento.
3. Oración: Orar el texto supone otra pregunta: ¿Qué le digo yo al Señor como respuesta a su Palabra? El corazón se abre a la alabanza de Dios, a la gratitud, implora y pide su ayuda, se abre a la conversión y al perdón, etc.
4. Contemplación, compromiso: El corazón se centra en Dios. Con su misma mirada contemplo y juzgo mi propia vida y la realidad y me pregunto: ¿Quién eres, Señor? ¿Qué quieres que haga?


Comentario

Jesús vive confiando en el Padre. Esta es su reacción: “Yo os digo: Pedid  y se os dará; buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá”. Así hay que vivir ante el Padre, como pobres que necesitan pedir lo que no tienen, como perdidos que necesitan buscar el camino que no conocen, como huérfanos sin  hogar que necesitan llamar a la puerta de Dios.
En ningún momento Jesús nos dice qué es lo que hemos de pedir, que es lo que hemos de buscar ni a qué puerta hemos de llamar. Lo importante es la actitud: como vivimos ante Dios. Si hacemos nuestro recorrido suplicando, buscando y llamando, conscientes de nuestra insuficiencia, pero poniendo nuestra confianza en Dios, nos veremos atraídos hacia la conversión: Dios se nos abrirá.
Aunque las tres invitaciones de Jesús apuntan a la misma actitud de fondo, parecen sugerir matices algo diferentes.
“Pedir”  es suplicar algo que hemos de recibir de otro como regalo, pues no podemos dárnoslo a nosotros mismos; es la actitud ante Dios: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concederá”. “Buscar” es rastrear, indagar algo que se nos oculta o está escondido; es la actitud ante el reino de Dios: “Buscad ante todo el reino de Dios y su justicia”. “Llamar” es gritar, atraer la atención de alguien que no parece escucharnos; es la actitud de los salmistas cuando sienten a Dios lejano: “A ti grito, Señor, inclina tu oído hacia mí, no te quedes lejos, respóndeme, ven en mi ayuda”.
Pero Jesús no solo desea despertar estas actitudes en sus discípulos. Quiere, sobretodo, reavivar su confianza en Dios. Para ello les pone tres comparaciones que pueden entender muy bien los padres y las madres que hay entre sus seguidores.
Una madre o un padre no se burlan de su hijo pequeño, no lo engañan, no abusan de él, precisamente porque es pequeño y no sabe todavía distinguir entre lo que es malo y lo que es bueno. Es inconcebible  que, cuando su hijo le pide algo bueno para alimentarse, le dé otra cosa parecida que puede hacerle daño. Al contrario, le dará siempre lo mejor. Jesús saca rápidamente una conclusión: “Si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos ¡cuánto  más el padre del Cielo, en el que no hay sombra de maldad, dará cosas buenas a sus hijos! ¡Cómo no va a ser Dios mejor que vosotros!” Así recoge Mateo el pensamiento de Jesús, pero Lucas introduce una novedad muy importante. Jesús dice: “¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!” A Dios le podemos pedir muchas cosas buenas, pero ninguna mejor que el “Espíritu Santo”. Con estas palabras los judíos  designaban el aliento de Dios, que crea y da vida, que cura y purifica, que renueva, transforma y reaviva todo.
Lo más grande que podemos pedir es ese “Espíritu Santo” que  Jesús recibe de su Padre y le hace vivir  “haciendo el bien” y “curando a los oprimidos”. Ese Espíritu nos va a ir transformando y convirtiendo. Dios nos lo va a regalar porque es para nosotros el mejor de los padres. (J.A. P.)


ORACIÓN POR LAS VOCACIONES “AMOR DE DIOS”

Padre bueno, Jesús nos dijo: “La mies es mucha y los obreros pocos, rogad al Dueño de la mies para  que envíe obreros a sus campos”. Y además afirmó: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederá”.
Confiados en esta palabra de Jesús y en tu bondad, te pedimos vocaciones para la Iglesia y para la Familia “Amor de Dios”, que se entreguen a la construcción del Reino desde la civilización del amor.
Santa María, Virgen Inmaculada, protege con tu maternal intercesión a las familias y a las comunidades cristianas para que animen la vida de los niños y ayuden a los jóvenes a responder con generosidad a la llamada de Jesús, para manifestar el amor gratuito de Dios a los hombres. Amén.


Por tanto, se nos invita a contemplarlo a Él en nuestra oración, sabiendo su respuesta al:  

Pedid... buscad... llamad... 




 "...la buena semilla da, al debido tiempo, su fruto, con naturalidad y sin violencia." (J. Usera)