“JESUCRISTO ES EL ROSTRO DE LA MISERICORDIA DEL PADRE”.
A continuación
podemos leer algunos párrafos de dicha Bula tomados de los números 1,3 y 4.
El Padre, “rico de
misericordia” (Ef 2,4), después de haber revelado su nombre a Moisés como “Dios
compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad” (Ex
34,6) no ha cesado de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la
historia su naturaleza divina. En la “plenitud del tiempo” (Gal 4,4), cuando
todo estaba dispuesto según su plan de salvación, Él envió a su Hijo nacido de
la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ve a Él
ve al Padre (cfr Jn 14,9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y
con toda su persona1 revela la misericordia de Dios.
Hay
momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener la
mirada fija en la misericordia para poder ser también nosotros mismos signo
eficaz del obrar del Padre. Es por esto que he anunciado un Jubileo Extraordinario
de la Misericordia como tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más
fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes.
El
Año Santo se abrirá el 8 de diciembre de 2015, solemnidad de la Inmaculada
Concepción. Esta fiesta litúrgica indica el modo de obrar de Dios desde los
albores de nuestra historia. Después del pecado de Adán y Eva, Dios no quiso
dejar la humanidad en soledad y a merced del mal. Por esto pensó y quiso a
María santa e inmaculada en el amor (cfr Ef 1,4), para que fuese la Madre del
Redentor del hombre. Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud
del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y
nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona. En la fiesta de la
Inmaculada Concepción tendré la alegría de abrir la Puerta Santa. En esta
ocasión será una Puerta de la Misericordia, a través de la cual cualquiera que
entrará podrá experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece
esperanza.
He
escogido la fecha del 8 de diciembre por su gran significado en la historia
reciente de la Iglesia. En efecto, abriré la Puerta Santa en el quincuagésimo
aniversario de la conclusión del Concilio Ecuménico Vaticano II. La Iglesia
siente la necesidad de mantener vivo este evento. Para ella iniciaba un nuevo
periodo de su historia. Los Padres reunidos en el Concilio habían percibido
intensamente, como un verdadero soplo del Espíritu, la exigencia de hablar de
Dios a los hombres de su tiempo en un modo más comprensible.
ORACIÓN DESDE LA PALABRA DE DIOS
- Texto Bíblico: Lc 1, 39-45
En aquellos días, se
levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de
Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Y sucedió que, en
cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e
Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita
tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la
madre de mi Señor venga a mí?... ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las
cosas que le fueron dichas de parte del Señor!»
- Pasos para la lectio divina
1.
Lectura y comprensión del texto: Nos lleva a preguntarnos sobre el
conocimiento auténtico de su contenido ¿Qué dice el texto bíblico en sí? ¿Qué
dice la Palabra?
2.
Meditación: Sentido del texto hoy para mí ¿Qué me dice, qué nos dice hoy
el Señor a través de este texto bíblico? Dejo
que el texto ilumine mi vida, la vida de la comunidad o de mi familia, la vida
de la Iglesia en este momento.
3.
Oración: Orar el texto supone otra pregunta: ¿Qué le digo yo al Señor
como respuesta a su Palabra? El corazón se abre a la alabanza de Dios, a la
gratitud, implora y pide su ayuda, se abre a la conversión y al perdón, etc.
4.
Contemplación, compromiso: El corazón se centra en Dios. Con su misma
mirada contemplo y juzgo mi propia vida y la realidad y me pregunto: ¿Quién
eres, Señor? ¿Qué quieres que haga?
Comentario
Estamos ya viviendo
el tiempo Adviento en el cual dará inicio el Jubileo de la Misericordia. Son muchos los
personajes que a lo largo de este tiempo nos muestran las actitudes con que
debemos esperar y recibir a Jesús.
En el texto
evangélico contemplamos dos: María e Isabel.
Isabel nos
representa a todos nosotros, a toda la humanidad que recibe con sorpresa, con
admiración, con agradecimiento y con humildad la venida del Señor, y estas son actitudes para vivir provechosamente el
Adviento y la Navidad.
El ¿quién soy yo? de
Isabel, esta mujer sencilla y realista, es un paralelo de la turbación y la
simplicidad de María al recibir el anuncio del ángel. También de la claridad y
veracidad de Juan Bautista al desmentir a los que le preguntaban: "Yo no
soy el Mesías" -les decía- "pero viene el que puede más que yo".
Ante Jesús, aquel
"yo no soy digno" que encontramos en Isabel y en tantos personajes
evangélicos es la primera reacción adecuada que no está reñida con una gran
confianza en su amor lleno de misericordia. Sólo así, vaciándose de uno mismo,
se puede dar paso al entusiasmo, al llenarse de Dios que, Isabel y Juan, que
salta en el vientre de su madre, manifiestan ante la visita de María y el Hijo
que trae al mundo. Isabel, como después María, en el cántico del Magnificat que
sigue a esta escena, son la voz de los pequeños y los pobres del mundo que
anhelan la liberación y la salvación. Estas mujeres, llenas del Espíritu Santo,
en su pequeñez muestran cuál es la predilección de Dios: la humanidad sencilla
y sufriente, los pobres de la tierra, son dignos de ser visitados y habitados
por el Señor que les quiere llenar de gloria y de paz.
La acción de María
tiene grandes enseñanzas para nosotros. Ella, portadora de Jesús al mundo, es
como un símbolo de toda la Iglesia que, a lo largo de los siglos, santa y
pecadora a la vez, debe continuar llevando a Jesús a la humanidad. María,
habiendo recibido el anuncio del ángel, avanza decidida hacia una misión de
servicio, va a la montaña a saludar y ayudar a Isabel y es portadora real de la
buena noticia de la salvación.
Es Isabel, con esa sabiduría de las mujeres
entradas en años, la que comprende y valora lo que significa el «sí» de María. «Dichosa
tú», porque eres la madre de mi Señor, porque has creído en un misterio que los
hombres no van a entender... Tú has creído, te has fiado de Dios y «lo que te
ha dicho el Señor se cumplirá».
Cada uno de nosotros
hemos de vivir también intensamente esta misión de servicio y de anuncio de
Jesucristo a nuestro mundo. Llevar el Evangelio y descubrirlo presente en el
corazón de tantos hombres y mujeres que añoran poder llenarse de él,
entusiasmarse con él. Y hacerlo con el estilo decidido y servicial de María, sin
miedo de "ir a la montaña", llenos de fe y esperanza en la acción del
Espíritu Santo porque "lo que te ha dicho el Señor se cumplirá". No
se trata de hacer «cosas grandes». Quizás sencillamente ofrecer nuestra amistad
a ese vecino hundido en la soledad y la desconfianza, estar cerca de ese joven
que sufre depresión nerviosa, tener paciencia con ese anciano que busca ser
escuchado por alguien, estar junto a esos padres que tienen a su hijo en la
cárcel, alegrar el rostro de ese niño solitario marcado por la separación de
sus padres…
ORACIÓN POR LAS VOCACIONES
“AMOR DE DIOS”
Padre bueno,
Jesús nos dijo: “La mies es mucha y los obreros pocos, rogad al Dueño de la
mies para que envíe obreros a sus campos”. Y además afirmó: “Todo lo que pidáis
al Padre en mi nombre, os lo concederá”.
Confiados en esta
palabra de Jesús y en tu bondad, te pedimos vocaciones para la Iglesia y para
la Familia “Amor de Dios”, que se entreguen a la construcción del Reino desde
la civilización del amor.
Santa María,
Virgen Inmaculada, protege con tu maternal intercesión a las familias y a las
comunidades cristianas para que animen la vida de los
niños y ayuden a
los jóvenes a responder con generosidad a la llamada de Jesús, para manifestar
el amor gratuito de Dios a los hombres. Amén.
En
la “plenitud del tiempo” cuando todo
estaba dispuesto según su plan de salvación, Él envió a su Hijo nacido de la
Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. (MV 1)
FELIZ NAVIDAD