LOGO Y LEMA
DEL JUBILEO DE LA MISERICORDIA
El logo y el
lema ofrecen una buena síntesis del año jubilar. En el lema “Misericordiosos
como el Padre” (tomado del Evangelio de san Lucas 6,36) se propone vivir la
misericordia siguiendo el ejemplo del Padre que pide no juzgar ni perdonar,
sino perdonar y dar amor y perdón sin medida (cf. Lc 6, 37-38). El logo –obra
del jesuita Padre Narko I. Rupnik- se presenta como una pequeña suma teológica
del tema de la misericordia. Muestra, de hecho, al Hijo que carga sobre sus
hombros al hombre descarriado, recuperando
una imagen muy querida en la Iglesia, porque indica el amor de Cristo que lleva
a término el misterio de su encarnación con la redención. La obra está hecha de
tal manera que pone de relieve al Buen Pastor el tocar en profundidad la carne
del hombre, y lo hace con tal amor que cambia su vida. Un detalle, además, no
puede pasar desapercibido: el Buen Pastor con extrema misericordia carga sobre
sí a la humanidad, pero sus ojos se confunden con los del hombre. Cristo ve con
el ojo de Adán y este con el ojo de Cristo. Cada hombre descubre de esta manera
en Cristo, nuevo Adán, la propia humanidad y el futuro que le espera,
contemplando en su mirada el amor del Padre. La escena se sitúa dentro de una
mandorla, una imagen también muy querida por la iconografía antigua y medieval
que recuerda la copresencia de las dos naturalezas, divina y humana, en Cristo.
Los tres óvalos concéntricos, de color progresivamente más claros hacia el
exterior, sugieren el movimiento de Cristo que lleva al hombre fuera de la noche
del pecado y de la muerte. Por otra parte, la profundidad del color más oscuro
sugiere también lo inescrutable del amor del Padre que todo perdona.
Esta
explicación la podemos completar con las palabras del Papa Francisco: “Este Año Extraordinario es
un don de gracia. Entrar por la puerta santa significa descubrir la profundidad
de la misericordia del Padre que acoge a todos y sale personalmente al
encuentro de cada uno. Es Él el que nos busca. Abandonemos toda forma de miedo
y temor, porque no es propio de quien es amado; vivamos, más bien, la
alegría del encuentro con la gracia que lo transforma todo”.
ORACIÓN DESDE LA PALABRA DE DIOS
-Texto Bíblico: Lucas 10: 30-37
Respondió
Jesús diciendo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos
bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo
medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino
y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó
a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que
iba de viaje llegó a donde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite
y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo
cuidó. Al
día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida
de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”. ¿Cuál de estos
tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?». Él
dijo: «El que practicó la misericordia con él». Jesús le dijo: «Anda y haz tú
lo mismo».
- Pasos para la lectio divina
1. Lectura y comprensión del texto: Nos lleva a preguntarnos sobre el conocimiento
auténtico de su contenido ¿Qué dice el texto bíblico en sí? ¿Qué dice la
Palabra?
2. Meditación: Sentido del
texto hoy para mí ¿Qué me dice, qué nos dice hoy el Señor a través de este
texto bíblico? Dejo que el texto ilumine mi vida, la vida de la comunidad o de
mi familia, la vida de la Iglesia en este momento.
3. Oración: Orar el texto
supone otra pregunta: ¿Qué le digo yo al Señor como respuesta a su Palabra? El corazón se abre a la alabanza de Dios, a la
gratitud, implora y pide su ayuda, se abre a la conversión y al perdón, etc.
4. Contemplación, compromiso:
El corazón se centra en Dios. Con su misma mirada contemplo y juzgo mi propia
vida y la realidad y me pregunto: ¿Quién
eres, Señor? ¿Qué quieres que haga?
- Comentario
La parábola del buen samaritano nos permite entender el lema del año
jubilar de la misericordia: “Ser misericordiosos como el Padre”. Según Lucas,
Jesús narra esta parábola para responder a la pregunta que le hace un maestro
de la ley: “¿Quién es mi prójimo?”. Al maestro de la ley le interesa saber a
quién tiene obligación de amar y a quien puede excluir de su amor. No conoce la
compasión hacia los que sufren. Jesús, que vive aliviando el sufrimiento de
quienes encuentra en su camino, le responde con un relato en el que expone de
forma gráfica cómo actúa quien vive movido por la misericordia del Padre.
En el camino que baja de Jerusalén a Jericó, un hombre ha caído en manos de
unos bandidos. Asaltado y despojado de todo, queda medio muerto, abandonado a
su suerte. No sabemos quién es. Solo que es “un
hombre”. Podría ser cualquiera de nosotros. Cualquier ser humano abatido
por la violencia, la desgracia o el abandono.
Por el camino llegan primero un sacerdote y luego un levita. Al ver al
herido, dan un rodeo, cierran sus ojos y su corazón. En su horizonte no están
los que sufren en las cunetas de los caminos. ¿Estaremos también nosotros dando
rodeos para no encontrarnos con los que sufren?
Aparece un tercer viajero: “un samaritano”, que al ver al herido “se
compadeció” e hizo por él todo lo que estaba en sus manos. La mirada compasiva
lleva a acercarnos al que sufre. El samaritano “se acercó” al herido se hizo
prójimo de él. El maestro de la ley había preguntado a Jesús: “¿Quién es mi
prójimo?”. El samaritano sabe que el hombre caído en el camino necesita su
cercanía, no necesita saber más. Quien mira a las personas con misericordia no
se pregunta quien es mi prójimo, a quien debo amar. Se pregunta quien está
necesitado de que yo me acerque y me haga prójimo, cualquiera que sea su raza,
su origen, su religión o su ideología.
“En este Año Santo, podremos
realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más
contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno
dramáticamente crea. ¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen
en el mundo hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz
porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los
pueblos ricos. En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas
heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la
misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención. No caigamos
en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e
impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye. Abramos nuestros ojos
para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas
privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de
auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para
que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la
fraternidad. Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la
barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la
hipocresía y el egoísmo”.(MV 15)
ORACIÓN POR LAS VOCACIONES “AMOR DE
DIOS”
Padre bueno, Jesús nos dijo:
”La mies es mucha y los obreros pocos, rogad al Dueño de la mies para que envíe
obreros a sus campos”. Y además afirmó: “Todo lo que pidáis al Padre en mi
nombre, os lo concederá”. Confiados en
esta palabra de Jesús y en tu bondad, te pedimos vocaciones para la Iglesia y
para la Familia “Amor de Dios”, que se entreguen a la construcción del Reino
desde la civilización del amor.
Santa María, Virgen
Inmaculada, protege con tu maternal intercesión a las familias y a las
comunidades cristianas para que animen la vida de los niños y ayuden a los
jóvenes a responder con generosidad a la llamada de Jesús, para manifestar el
amor gratuito de Dios a los hombres. Amén.
"El católico lleva consigo un
germen de vida social y pacífica."
(J. Usera)
