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Con la mirada fija en Jesús y en su rostro misericordioso
podemos percibir el amor de la Santísima Trinidad. La misión que Jesús ha
recibido del Padre ha sido la de revelar el misterio del amor divino en
plenitud. « Dios es amor » (1 Jn 4,8.16), afirma por la primera y
única vez en toda la Sagrada Escritura el evangelista Juan. Este amor se ha
hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra
cosa sino amor. Un amor que se dona gratuitamente. Sus relaciones con las
personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que
realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas,
enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En Él
todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión.
Cuando encontró la viuda de Naim,
que llevaba su único hijo al sepulcro, sintió gran compasión por el inmenso
dolor de la madre en lágrimas, y le devolvió a su hijo resucitándolo de la
muerte (cfr Lc 7,15). Después de haber liberado el endemoniado
de Gerasa, le confía esta misión: « Anuncia todo lo que el Señor te ha hecho y
la misericordia que ha obrado contigo » (Mc 5,19). También la
vocación de Mateo se coloca en el horizonte de la misericordia. Pasando delante
del banco de los impuestos, los ojos de Jesús se posan sobre los de Mateo. Era
una mirada cargada de misericordia que perdonaba los pecados de aquel hombre y,
venciendo la resistencia de los otros discípulos, lo escoge a él, el pecador y
publicano, para que sea uno de los Doce (MV
8).
ORACIÓN
DESDE LA PALABRA DE DIOS
- Texto Bíblico:
Lc 24, 44-49
Y
les dijo: «Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era
necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los
Profetas y Salmos acerca de mí». Entonces les abrió
el entendimiento para comprender las Escrituras. Y les dijo: «Así está escrito:
el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se
proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos,
comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa
de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta que os
revistáis de la fuerza que viene de lo alto».
Pasos
para la lectio divina
1. Lectura y comprensión del texto: Nos lleva a
preguntarnos sobre el conocimiento auténtico de su contenido ¿Qué dice el texto
bíblico en sí? ¿Qué dice la Palabra?
2. Meditación: Sentido del texto hoy para mí ¿Qué me
dice, qué nos dice hoy el Señor a través de este texto bíblico? Dejo que el
texto ilumine mi vida, la vida de la comunidad o de mi familia, la vida de la
Iglesia en este momento.
3. Oración: Orar el texto supone otra pregunta: ¿Qué
le digo yo al Señor como respuesta a su Palabra? El corazón se abre a la
alabanza de Dios, a la gratitud, implora y pide su ayuda, se abre a la
conversión y al perdón, etc.
4. Contemplación, compromiso: El corazón se centra en
Dios. Con su misma mirada contemplo y juzgo mi propia vida y la realidad y me
pregunto: ¿Quién eres, Señor? ¿Qué quieres que haga?
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Mediante sucesivas experiencias, Jesús fue
convenciendo a sus discípulos de la realidad de su resurrección y los preparó
para su misión futura. Jesús ya no estará presente en medio de sus discípulos
en forma visible sino que continuará presente a lo largo de sus caminos, se
hará continuamente el huésped de honor en sus cenas, su voz se hará sentir en
la interpretación de las Escrituras puesto que en Él han alcanzado la plenitud.
La Iglesia no se inventó un mensaje sino que lo recibió del mismo Jesús.
Este mensaje atañe al sentido de su obra de salvación en el mundo, el dinamismo
de vida que introdujo en la historia humana por su muerte y resurrección. Este
mensaje tiene la fuerza suficiente para transformar todo y a todos desde el
fondo, es anunciado por personas que han hecho la experiencia de él. Con la muerte y resurrección de Jesús
queda completo el contenido del mensaje que los apóstoles deben proclamar a
todos los pueblos: “Así está escrito: el
Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día…”. El camino salvífico de
Jesús ha sido recorrido en su totalidad. Ahora cada persona está invitada a
recorrerlo. La manera de recorrerlo es mediante el itinerario de la conversión.
Mediante la actitud de apertura al Dios con rostro misericordioso que nos busca
con afán, allí donde se cruzan los caminos de Dios con los caminos de vuelta a
casa trazados por Jesús a lo largo del Evangelio. El poder de la muerte y
resurrección de Jesús se hacen sentir al interior del pecado de la persona
humana y le alcanzan el perdón. Todo el amor del Crucificado se vacía al
interior de quien le abre espacio a esta poderosa semilla que el Resucitado
hace presente por el don de su Espíritu.
Desde Jerusalén irradia esta nueva Palabra de Dios para todas las
naciones del mundo. Mediante el perdón de los pecados, Jesús atrae a todos a la
comunión con Dios y a generar –desde la Alianza con Él- el proyecto de
fraternidad y solidaridad que le da una nueva orientación al mundo. Comenzando
por la comunidad-madre de Jerusalén todos son atraídos para este proyecto
comunitario. Nadie podrá ser excluido del anuncio, nadie podrá autoexcluirse.
Los discípulos no estarán
en capacidad de llevar adelante la misión que hace presente el “perdón”, si no
son “revestidos de la fuerza que
viene de lo alto”. Este “poder” es la fuerza del Espíritu Santo que
ungió a Jesús y lo impulsó en su misión de misericordia
ORACIÓN
POR LAS VOCACIONES “AMOR DE DIOS”
Padre bueno, Jesús nos dijo: “La mies es mucha y los obreros pocos, rogad
al Dueño de la mies para que envíe obreros a sus campos”. Y además afirmó:
“Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederá”.
Confiados en esta palabra de Jesús y en tu bondad, te pedimos vocaciones para la Iglesia y para
la Familia “Amor de Dios”, que se entreguen a la construcción del Reino desde
la civilización del amor.
Santa María, Virgen Inmaculada, protege con tu maternal intercesión a las
familias y a las comunidades cristianas para que animen la vida de los niños y
ayuden a los jóvenes a responder con generosidad a la llamada de Jesús, para
manifestar el amor gratuito de Dios a los hombres. Amén.
“Cuantas
gracias debo dar al Señor por el espíritu de docilidad y obediencia con que me
ha dotado. Porque, infeliz de mí, en estos momentos, si la misericordia del
Señor no hubiera vencido mi amor propio” (J. Usera)

