
El día 8 de abril
la Santa Sede publicó la exhortación apostólica Amoris
laetitia: “La alegría del amor”, sobre el amor en la familia”, fruto de los Sínodos celebrados en 2014 y
2015. La novedad de esta exhortación es la actitud de
acompañamiento. El Papa Francisco, al igual que sus predecesores, reconoce la complejidad
de la vida familiar moderna, pero acentúa mucho más la necesidad de que
la Iglesia y sus ministros estén cerca de las personas sin importar la
situación en que se encuentren o lo alejados que se puedan sentir de la
Iglesia. Amoris laetitia no es un texto teórico desconectado de los problemas
reales de la gente. Recuerda la belleza de la vida familiar, a pesar de todos
los problemas que conlleva. El Papa escribe sobre cómo formar una familia
significa ser parte del sueño de Dios, uniéndose a Él en la construcción de un
mundo "donde nadie se sienta solo". El Papa, con un corazón de
pastor, entra simple pero profundamente en las realidades cotidianas de la vida
familiar, analiza
en profundidad cómo las reglas generales no se aplican estrictamente a cada
situación en particular y por eso es necesario tener en cuenta la complejidad
de cada situación. Llama a los pastores y a los que trabajan en el apostolado
de la familia a escuchar con sensibilidad a cualquier persona que se sienta
herida y a ayudarla a experimentar el amor incondicional de Dios. Pide a los
pastores y a los fieles que disciernan cuidadosamente cada situación
concreta, pues no hay recetas fáciles, ni “talla única”, ni excepciones rápidas
y simples. "El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para
siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden
con corazón sincero"(AL 296).
El texto formula
propuestas a la Iglesia y a sus pastores para que acompañen a la familia, la
integren, permanezcan cerca de cualquier persona que haya sufrido los efectos
del amor herido. Por encima de todo, desafía a ser comprensivos frente a
situaciones complejas y dolorosas.
El Papa Francisco
quiere que nos acerquemos a los frágiles con compasión, y no con juicios, para
"entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos
la fuerza de la ternura”.
ORACIÓN
DESDE LA PALABRA DE DIOS
-Texto Bíblico: Lc 18,
9-14a
Dijo
también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse
justos y despreciaban a los demás: «Dos
hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido,
oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los
demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por
semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. El
publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al
cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de
este pecador”. Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no».
Pasos
para la lectio divina
1.
Lectura y comprensión del texto: Nos lleva a preguntarnos sobre el
conocimiento auténtico de su contenido ¿Qué dice el texto bíblico en sí? ¿Qué
dice la Palabra?
2.
Meditación: Sentido del texto hoy para mí ¿Qué me dice, qué nos dice hoy
el Señor a través de este texto bíblico? Dejo
que el texto ilumine mi vida, la vida de la comunidad o de mi familia, la vida
de la Iglesia en este momento.
3.
Oración: Orar el texto supone otra pregunta: ¿Qué le digo yo al Señor
como respuesta a su Palabra? El corazón se abre a la alabanza de Dios, a la
gratitud, implora y pide su ayuda, se abre a la conversión y al perdón, etc.
4.
Contemplación, compromiso: El corazón se centra en Dios. Con su misma
mirada contemplo y juzgo mi propia vida y la realidad y me pregunto: ¿Quién
eres, Señor? ¿Qué quieres que haga?
- Comentario
En la parábola
aparecen tres personajes: un fariseo, un publicano y Dios. No se habla
solo de dos hombres que suben a orar,
sino que se dice algo muy importante de cómo reacciona Dios cuando escucha su
oración.
Los que escuchaban a Jesús han peregrinado más de
una vez a Jerusalén. Conocen el templo. Todos lo llaman “la casa de Dios”, pues
allí habita el Dios santo de Israel; desde allí protege y bendice a su pueblo.
El relato de Jesús despierta enseguida el interés y
la curiosidad. Suben al templo un piadoso fariseo y un recaudador de impuestos
deshonesto. ¿Qué va a pasar allí? Todos saben cómo es un “fariseo”: un hombre
religioso, que cumple fielmente la ley, observa estrictamente las normas de
pureza y paga escrupulosamente los diezmos. Es de los que sostienen al templo. Sube al
santuario sin pecado: Dios no puede sino bendecirlo. Todos saben también cómo
es un “publicano”: un personaje que vive de una actividad despreciable. No
trabaja para sostener el templo, sino para recaudar impuestos y enriquecerse.
Su conversión es imposible. Nunca podrá reparar sus abusos ni devolver a sus
víctimas lo que les ha robado. No se puede sentir bien en el templo. No es su
sitio.
Jesús describe en primer lugar la oración del
fariseo. El hombre ora de pie, seguro y sin temor alguno. Su conciencia no le
acusa de ningún pecado pues cumple fielmente todos los mandatos de la ley, se
siente seguro, no pertenece al grupo de los pecadores. La oración del publicano
es diferente. Sabe que no es digno de estar en aquel lugar sagrado. Se golpea
el pecho, examina su vida y no encuentra nada grato que ofrecer a Dios. Tampoco
se atreve a prometerle nada. No encuentra otra salida mejor que la de
abandonarse a la misericordia de Dios.
De pronto Jesús concluye su parábola con una afirmación
sorprendente. “este bajó a su casa justificado, y aquel no”. El
publicano no ha podido presentar a Dios ningún mérito, pero ha hecho la más
importante: acogerse a su misericordia. El fariseo, por el contrario, sale del
templo como entró: sin conocer la mirada compasiva de Dios.
Si Dios es como dice Jesús, la última palabra de la
vida no la tiene la ley, que juzga nuestras conductas, sino la misericordia de
Dios, que acoge nuestra petición de compasión. Hay algo que hemos de aprender y
enseñar: ante Dios hemos de vivir no presentando nuestros méritos, sino
invocando su misericordia. Esta es siempre la oración que nos justifica: “Oh Dios,
ten compasión de este pecador”.
ORACIÓN
POR LAS VOCACIONES “AMOR DE DIOS”
Padre bueno, Jesús nos dijo: “La mies es mucha y los obreros pocos, rogad
al Dueño de la mies para que envíe obreros a sus campos”. Y además afirmó:
“Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederá”.
Confiados en esta palabra de Jesús y en tu bondad, te pedimos vocaciones para la Iglesia y para
la Familia “Amor de Dios”, que se entreguen a la construcción del Reino desde
la civilización del amor.
Santa María, Virgen Inmaculada, protege con tu maternal intercesión a las
familias y a las comunidades cristianas para que animen la vida de los niños y
ayuden a los jóvenes a responder con generosidad a la llamada de Jesús, para
manifestar el amor gratuito de Dios a los hombres. Amén.
“La Madre de Dios es nuestra madre, ¿cómo no hemos de
invocarla en todas nuestras aflicciones?” (J. Usera)
