Misericordiosos como el Padre
La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo. La Iglesia « vive un deseo inagotable de brindar misericordia ». Tal vez por mucho tiempo nos hemos olvidado de indicar y de andar por la vía de la misericordia. Por una parte, la tentación de pretender siempre y solamente la justicia ha hecho olvidar que ella es el primer paso, necesario e indispensable; la Iglesia no obstante necesita ir más lejos para alcanzar una meta más alta y más significativa. Por otra parte, es triste constatar cómo la experiencia del perdón en nuestra cultura se desvanece cada vez más. Incluso la palabra misma en algunos momentos parece evaporarse. Sin el testimonio del perdón, sin embargo, queda solo una vida infecunda y estéril, como si se viviese en un desierto desolado. Ha llegado de nuevo para la Iglesia el tiempo de encargarse del anuncio alegre del perdón. Es el tiempo de retornar a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos. El perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza.
La Iglesia tiene la
misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio,
que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona. La Esposa
de Cristo hace suyo el comportamiento del Hijo de Dios que sale a encontrar a
todos, sin excluir ninguno. En nuestro tiempo, en el que la Iglesia está
comprometida en la nueva evangelización, el tema de la misericordia exige ser
propuesto una vez más con nuevo entusiasmo y con una renovada acción pastoral.
Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella
viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos
deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y
motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre. (MV 10 y 12)
ORACIÓN DESDE LA PALABRA DE DIOS
-Texto Bíblico: LC 19, 1-10
Entró en
Jericó e iba atravesando la ciudad. En esto, un hombre llamado Zaqueo, jefe de
publicanos y rico, trataba de ver
quién era Jesús, pero no lo lograba a causa del gentío, porque era pequeño de
estatura.
Corriendo
más adelante, se subió a un sicomoro para verlo, porque tenía que pasar por
allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los
ojos y le dijo: «Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me
quede en tu casa». Él se dio prisa en bajar y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo: «Ha
entrado a hospedarse en casa de un pecador». Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor: «Mira,
Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a
alguno, le restituyo cuatro veces más». Jesús le dijo: «Hoy ha sido la
salvación de esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. Porque el
Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».
- Pasos para la lectio divina
1. Lectura
y comprensión del texto: Nos lleva a preguntarnos sobre el
conocimiento auténtico de su contenido ¿Qué dice el texto bíblico en sí? ¿Qué
dice la Palabra?
2. Meditación: Sentido del texto hoy para mí
¿Qué me dice, qué nos dice hoy el Señor a través de este texto bíblico? Dejo
que el texto ilumine mi vida, la vida de la comunidad o de mi familia, la vida
de la Iglesia en este momento.
3. Oración: Orar el texto supone otra
pregunta: ¿Qué le digo yo al Señor como respuesta a su Palabra? El corazón se abre a la alabanza de Dios, a la gratitud, implora y pide
su ayuda, se abre a la conversión y al perdón, etc.
4. Contemplación, compromiso: El corazón se
centra en Dios. Con su misma mirada contemplo y juzgo mi propia vida y la realidad y me pregunto: ¿Quién eres, Señor? ¿Qué quieres que haga?
- Comentario
Las mujeres y los hombres con quienes se
encuentra Jesús, casi siempre están sumidos en situaciones de dificultad y de
sufrimiento: enfermedad, luto, circunstancias dolorosas. O bien eran personas
que vivían en contradicción con las exigencias de la ley mosaica, y por tanto,
no según la voluntad de Dios. Jesús se comporta con todos ellos del mismo modo
que Dios: acoge tanto a los rechazados del sistema político –pobres y
oprimidos- como a aquellos que también son rechazados por el sistema religioso, es decir, paganos,
publicanos, prostitutas. Quien no acepta este modo de obrar de Dios, él solo se
excluye de la salvación; cuando alguien discrimina a los demás, es él quien
queda discriminado.
“Zaqueo, jefe de publicanos y rico…” Eran
numerosos los motivos por los cuales los publicanos eran despreciados por el
pueblo. Eran personas acaudaladas y sin escrúpulos, de aquí el odio y la
envidia que suscitaban entre la gente oprimida por los impuestos. Zaqueo ha
oído hablar de Jesús y quiere verlo porque es un profeta diferente a todos los
demás, pero es pequeño de estatura y no consigue ver nada. Se sube a un árbol. Llega Jesús, levanta los
ojos y lo llama por su nombre: «Zaqueo, date
prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa». Se trata de
algo urgente: hay que hacerlo pronto. Quiere quedarse en casa de Zaqueo, no
solo pasar por delante de su casa para ver donde vive. Quiere entrar en ella,
quedarse un poco, comer, y, tal vez, pasar la noche. Jesús se queda en casa de
un pecador y a este pecador no le viene impuesta ninguna condición preliminar,
no le pide que abandone su profesión infame, ni que restituya nada ni haga
penitencia.
Zaqueo, sin embargo, ha podido leer en la
mirada de Jesús un amor vivo y vivificador que inunda toda su vida y que afecta
a todas sus relaciones con los demás seres humanos. Y por eso, espontáneamente,
sin que Jesús le pidiera nada, Zaqueo anuncia: “Mira, Señor, la mitad de mis
bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro
veces más”. Se trata de una reparación, pero una reparación que se efectúa en
el plano de las relaciones humanas, en el ámbito de la justicia que está
vigente entre los seres humanos. Y es en este ámbito donde merece respeto. Pero
no se trata de ninguna condición exigida por Jesús para poder ofrecerle su
amor. Es más bien una consecuencia de ese amor. Habiendo sido amado primero
gratuitamente, Zaqueo, ha sentido el impulso de dirigirse hacia los demás,
hacia aquellos que hasta ese momento había defraudado y aprende nuevamente a
respetarlos y amarlos. De este modo es como obra la misericordia de Dios. (Cf. R. Cantalamessa,
El rostro de la misericordia, pp. 33-41)
ORACIÓN POR LAS VOCACIONES “AMOR DE
DIOS”
Padre bueno, Jesús nos dijo:
“La mies es mucha y los obreros pocos, rogad al Dueño de la mies para que envíe
obreros a sus campos”. Y además afirmó: “Todo lo que pidáis al Padre en mi
nombre, os lo concederá”. Confiados en
esta palabra de Jesús y en tu bondad, te pedimos vocaciones para la Iglesia y
para la Familia “Amor de Dios”, que se entreguen a la construcción del Reino
desde la civilización del amor.
Santa María, Virgen
Inmaculada, protege con tu maternal intercesión a las familias y a las
comunidades cristianas para que animen la vida de los niños y ayuden a los
jóvenes a responder con generosidad a la llamada de Jesús, para manifestar el
amor gratuito de Dios a los hombres. Amén.
"Qué hermoso es servir a los pobres y servirlos tan solo por Amor a
Dios." (J. Usera)


