MISERICORDIOSOS COMO EL PADRE

Durante el Año Jubilar, que concluirá el 20 de noviembre, solemnidad
litúrgica de Jesucristo Rey del Universo, hemos escuchado hablar de las obras de misericordia. Es bueno no olvidar
nunca que la misericordia no es una palabra abstracta, sino un estilo de vida.
Una cuestión es hablar de misericordia, otra es vivir la
misericordia. Parafraseando las palabras de Santiago apóstol (cf. 2, 14-17)
podríamos decir: la misericordia sin las obras está muerta en sí misma.
Lo que hace viva la misericordia es su constante dinamismo para ir al encuentro
de las carencias y las necesidades de quienes viven en pobreza espiritual y
material. La misericordia tiene ojos para ver, oídos para escuchar, manos para
levantar...
La vida cotidiana nos permite tocar con la
mano muchas exigencias que afectan a las personas más pobres y con más pruebas.
A nosotros se nos pide esa atención especial que nos conduce a darnos
cuenta del estado de sufrimiento y necesidad en el que se encuentran
muchos hermanos y hermanas. A veces pasamos ante situaciones de dramática
pobreza y parece que no nos afectan; todo sigue como si no pasara nada, en una
indiferencia que al final nos convierte en hipócritas y, sin que nos demos
cuenta de ello, desemboca en una forma de letargo espiritual que hace
insensible el ánimo y estéril la vida.
¡Cuántos son los aspectos de la misericordia
de Dios hacia nosotros! Del mismo modo, cuántos rostros se dirigen a nosotros
para obtener misericordia. Quien ha experimentado en la propia vida la
misericordia del Padre no puede permanecer insensible ante las necesidades de
los hermanos. La enseñanza de Jesús no admite vías de escape: Tuve hambre y me
disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; estaba desnudo, refugiado,
enfermo, en la cárcel y me ayudasteis (cf. Mt 25, 35-36). Las
obras de misericordia obligan a arremangarse para aliviar el sufrimiento.
De este modo la vía de la misericordia se
hará cada vez más concreta. A nosotros, pues, se nos pide permanecer vigilantes
como centinelas, para que no suceda que nuestra la mirada se debilite y llegue
a ser incapaz de ver lo esencial. Ver a Jesús en quien está solo, triste, en el
que se equivoca y necesita un consejo, en el que necesita hacer camino con Él
en silencio para que se sienta acompañado. (Cf.
Papa Francisco, Audiencia Jubilar, 30 de junio de 2016).
ORACIÓN DESDE LA PALABRA DE DIOS
- Texto Bíblico: Mt 16, 21-25
Comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que
tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos
sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: “¡Lejos de ti tal cosa, Señor!
Eso no puede pasarte”. Jesús se volvió y dijo a Pedro: “¡Ponte detrás de mí,
Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres,
no como Dios”. Entonces dijo a los discípulos: “Si alguno quiere venir en pos
de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera
salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará”.
PASOS PARA LA LECTIO DIVINA:
1.
Lectura y comprensión del texto: Nos lleva a preguntarnos sobre el
conocimiento auténtico de su contenido ¿Qué dice el texto bíblico en sí? ¿Qué
dice la Palabra?
2.
Meditación: Sentido del texto hoy para mí ¿Qué me dice, qué nos dice hoy
el Señor a través de este texto bíblico? Dejo
que el texto ilumine mi vida, la vida de la comunidad o de mi familia, la vida
de la Iglesia en este momento.
3.
Oración: Orar el texto supone otra pregunta: ¿Qué le digo yo al Señor
como respuesta a su Palabra? El corazón se abre a la alabanza de Dios, a la
gratitud, implora y pide su ayuda, se abre a la conversión y al perdón, etc.
4.
Contemplación, compromiso: El corazón se centra en Dios. Con su misma
mirada contemplo y juzgo mi propia vida y la realidad y me pregunto: ¿Quién
eres, Señor? ¿Qué quieres que haga?
-COMENTARIO:
Padre bueno, Jesús nos dijo: “La mies es mucha y los
obreros pocos, rogad al Dueño de la mies para que envíe obreros a sus campos”.
Y además afirmó: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederá”.
Jesús encontró en las aldeas de Galilea una acogida
entusiasta. Su mensaje provocaba en la gente sencilla sorpresa y admiración.
Los discípulos soñaban ya con un éxito total. Jesús, por el contrario, solo
pensaba en cumplir la voluntad del Padre, sabía que en Jerusalén todo sería
diferente. Por eso empezó a explicar a sus discípulos lo que le esperaba. Iba a
sufrir mucho por parte de los dirigentes religiosos. Incluso llegarían a
ejecutarlo, su muerte entraba en los designios de Dios, pues era consecuencia inevitable
de su empeño por abrir caminos a su Reino. Pero el Padre “le resucitará”.
Pedro se revela ante la sola idea de imaginar a
Jesús crucificado. Solo quiere seguir a Jesús victorioso y triunfante. Por eso
se lo lleva aparte y le increpa para que se olvide de lo que acaba de decir:
“¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte”. La respuesta de Jesús es
muy fuerte: “¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres
para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios”.
En los versículos anteriores Mateo narra como Pedro
se abre con sinceridad a la revelación del Padre, confiesa a Jesús como hijo de
Dios vivo y se convierte en “roca” sobre la que Jesús puede construir la
Iglesia. Ahora, Pedro, escucha sus propios intereses humanos, pretende apartar
a Jesús del camino de la cruz y se convierte en una “piedra de tropiezo”. Jesús
le dice: “ponte detrás de mí, Satanás”, colócate como seguidor fiel y no
pretendas desviarme de mi camino orientando el proyecto del Reino del Padre
hacia mi triunfo personal”.
A continuación, Jesús, se dirige a sus discípulos y
les dice que si quieren seguirle han de hacer dos cosas. En primer lugar
“negarse a si mismos”, es decir, no vivir pendiente de los propios intereses,
liberarse del propio “ego” para encontrar su verdadera personalidad en la
adhesión a Jesús. En segundo lugar, “cargar con la cruz”. No hemos de confundir
la cruz con cualquier sufrimiento, adversidad o malestar que se produce en
nuestra vida. La “cruz cristina” consiste en seguir a Jesús aceptando las
consecuencias dolorosas que este seguimiento nos puede traer, aceptar el
destino que tendremos que compartir con Jesús si realmente seguimos sus pasos.
Para dar más fuerza a lo que está diciendo a sus
discípulos, Jesús añade una frase paradójica: “quien quiera salvar su vida, la
perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará”. El que camina tras Jesús, pero sigue aferrado
a las seguridades, expectativas e intereses que ofrece la vida, puede terminar
perdiendo el mayor bien de todos: la vida según el proyecto salvador de Dios.
Por el contrario, el que ofrece la vida para seguir a Jesús encontrará la vida
plena entrando con él en el Reino definitivo del Padre. (Cf. J.A. Pagola)
ORACIÓN
POR LAS VOCACIONES “AMOR DE DIOS”
Padre bueno, Jesús nos dijo: “La mies es mucha y los
obreros pocos, rogad al Dueño de la mies para que envíe obreros a sus campos”.
Y además afirmó: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederá”.
Confiados en esta palabra de Jesús y en tu bondad, te pedimos vocaciones para la Iglesia y para
la Familia “Amor de Dios”, que se entreguen a la construcción del Reino desde
la civilización del amor.
Santa María, Virgen Inmaculada, protege con tu maternal intercesión a las
familias y a las comunidades cristianas para que animen la vida de los niños y
ayuden a los jóvenes a responder con generosidad a la llamada de Jesús, para
manifestar el amor gratuito de Dios a los hombres. Amén.
“Habéis, pues, venido, hermanas, a santificaros y a hacer el bien el
prójimo”. (J.
Usera)