“Rogad al Dueño de la
mies…”
Con el primer domingo de adviento hemos iniciado el tiempo litúrgico que
nos prepara para celebrar la Navidad. Hay cuatro figuras o personajes que nos pueden
servir de modelo para vivir con autenticidad este tiempo litúrgico: Isaías,
Juan Bautista, María y José.
Isaías. Sus textos se leen con frecuencia a lo largo de este tiempo litúrgico. Expresan
con gran belleza la esperanza que ha confortado al pueblo elegido en los momentos
difíciles de su historia. Isaías invita a no permanecer con los brazos
cruzados. El Señor viene, pero quiere que le preparemos el camino abajando los
montes del orgullo y rellenando los valles de la indiferencia, enderezando los
comportamientos que se han desviado, igualando los derechos de todos. La
salvación será un don de Dios en Cristo, pero Él quiere que nos dispongamos
convenientemente y, de alguna manera, la adelantemos con nuestras buenas obras.
Juan el Bautista. Es el punto de unión entre el Antiguo y
el Nuevo Testamento, entre las promesas y su cumplimiento. Su ayuno, su
ascetismo y su oración en la soledad del desierto son un estímulo para los que
quieren acoger al «Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Encarna,
por lo tanto, el espíritu de Adviento. Insistía en que la urgencia de la
conversión estaba motivada por la llegada inminente del reino de Dios, tantas
veces anunciado por los profetas. Supo reconocer al Mesías y dar testimonio de
Él.
María. Ella es modelo excelso de las actitudes
propias del Adviento: la confianza en la Palabra de Dios, que cumple sus
promesas, y la disponibilidad para acoger al Señor que viene, es la “Mujer del Adviento”. Su fe, su silencio, su
oración, su alabanza agradecida al Padre, su disponibilidad a la voluntad de
Dios y al servicio. Las fiestas de la Inmaculada, de Nuestra Señora de
Guadalupe y de Nuestra Señora de la Esperanza, celebradas en el corazón de este
tiempo litúrgico, subrayan aún más la relación de María con el Adviento.
José. José y María
vivieron de una manera única el tiempo de la espera y del nacimiento de Jesús. José es el anillo que une a Jesús
con la historia de Israel, desde Abrahán en adelante, según la genealogía de
Mateo, y con las esperanzas de toda la humanidad, desde Adán, según la
genealogía de Lucas. Vive las verdaderas actitudes del Adviento: la fe
inquebrantable en la bondad de Dios, la acogida solícita de su Palabra y la
obediencia incondicional a su voluntad.
ORACIÓN DESDE LA PALABRA DE DIOS
-Texto Bíblico: Is 9, 1-6
El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande;
habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló. Acreciste la
alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar,
como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, el yugo de
su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madián.
Porque la bota que pisa con estrépito y la túnica empapada de sangre serán combustible,
pasto del fuego. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a
hombros el principado, y es su nombre: «Maravilla de Consejero, Dios fuerte,
Padre de eternidad, Príncipe de la paz». Para dilatar el principado, con una
paz sin límites, sobre el trono de David y sobre su reino. Para sostenerlo y
consolidarlo con la justicia y el derecho, desde ahora y por siempre. El celo
del Señor del universo lo realizará.
- Pasos para
la lectio divina
1.
Lectura y comprensión del texto: Nos lleva a preguntarnos sobre el conocimiento
auténtico de su contenido ¿Qué dice el texto bíblico en sí? ¿Qué dice la
Palabra?
2. Meditación:
Sentido del texto hoy para mí ¿Qué me dice, qué nos dice hoy el Señor a través
de este texto bíblico? Dejo que el texto ilumine mi vida, la vida de la
comunidad o de mi familia, la vida de la Iglesia en este momento.
3. Oración: Orar
el texto supone otra pregunta: ¿Qué le digo yo al Señor como respuesta a su
Palabra? El corazón se abre a la alabanza de
Dios, a la gratitud, implora y pide su ayuda, se abre a la conversión y al
perdón, etc.
4. Contemplación,
compromiso: El corazón se centra en Dios. Con su misma mirada contemplo y
juzgo mi propia vida y la
realidad y me pregunto: ¿Quién eres, Señor? ¿Qué quieres que haga?
- Comentario
“El pueblo que caminaba en
tinieblas vio una luz grande”. De este modo, la liturgia de la noche de Navidad
nos presenta el nacimiento del Salvador como luz que irrumpe y disipa la más
densa oscuridad. La presencia del Señor en medio de su pueblo libera del peso
de la derrota y de la tristeza de la esclavitud, e instaura el gozo y la
alegría. Abriendo nuestro corazón, tenemos también nosotros la posibilidad de
contemplar el milagro de ese niño-sol que, viniendo de lo alto, ilumina el
horizonte.
El curso de los siglos ha estado
marcado por la violencia, las guerras, el odio, la opresión. Pero Dios, que
había puesto sus esperanzas en el hombre hecho a su imagen y semejanza,
aguardaba pacientemente. Dios esperaba. A lo largo del camino de la historia,
la luz que disipa la oscuridad nos revela que Dios es Padre y que su paciente
fidelidad es más fuerte que las tinieblas.
La profecía de Isaías
anuncia la aparición de una gran luz que disipa la oscuridad. Esa luz
nació en Belén y fue recibida por las manos tiernas de María, por el cariño de
José, por el asombro de los pastores. Cuando los ángeles anunciaron a los
pastores el nacimiento del Redentor, lo hicieron con estas palabras: «Y aquí
tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un
pesebre» (Lc 2,12). La
«señal» es precisamente la humildad de Dios, la humildad de Dios llevada hasta
el extremo; es el amor con el que, aquella noche, asumió nuestra fragilidad. El
mensaje que todos esperaban, que buscaban en lo más profundo de su alma, no era
otro que la ternura de Dios: Dios que nos mira con ojos llenos de afecto, que
acepta nuestra miseria, Dios enamorado de nuestra pequeñez.
La Navidad, al contemplar al Niño
Jesús apenas nacido y acostado en un pesebre, nos invita a reflexionar. ¿Cómo
acogemos la ternura de Dios? ¿Me dejo alcanzar por él, me dejo abrazar por él,
o le impido que se acerque? Podríamos responder: “Pero si yo busco al Señor”.
Sin embarg
o, lo más importante no es buscarlo, sino dejar que sea él quien me busque, quien me encuentre y me acaricie con cariño. Ésta es la pregunta que el Niño nos hace con su sola presencia: ¿Permito a Dios que me quiera? La respuesta del cristiano no puede ser más que aquella que Dios da a nuestra pequeñez. La vida tiene que ser vivida con bondad, con mansedumbre. Cuando nos damos cuenta de que Dios está enamorado de nuestra pequeñez, que él mismo se hace pequeño para propiciar el encuentro con nosotros, no podemos no abrirle nuestro corazón y suplicarle: “Señor, ayúdame a ser como tú, dame la gracia de la ternura en las circunstancias más duras de la vida, concédeme la gracia de la cercanía en las necesidades de los demás, de la humildad en cualquier conflicto”.
“El pueblo que caminaba en
tinieblas vio una luz grande». La vio la gente sencilla, dispuesta a acoger el
don de Dios. (Cf. Papa Francisco, Homilía 24 de diciembre de 2014)
ORACIÓN POR LAS VOCACIONES “AMOR DE DIOS”
Padre bueno, Jesús nos dijo: “La mies es mucha y los obreros pocos, rogad
al Dueño de la mies para que envíe obreros a sus campos”. Y además afirmó:
“Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederá”. Confiados en esta palabra de Jesús y en tu
bondad, te pedimos vocaciones para la Iglesia y para la Familia “Amor de Dios”,
que se entreguen a la construcción del Reino desde la civilización del amor.
Santa María, Virgen Inmaculada, protege con tu maternal intercesión a las
familias y a las comunidades cristianas para que animen la vida de los niños y
ayuden a los jóvenes a responder con generosidad a la llamada de Jesús, para
manifestar el amor gratuito de Dios a los hombres. Amén.
FELICIDADES
